09 marzo 2011

Políticos corruptos y esperanza de vida (killing me softly)


Gracias a dios mira cómo estoy: de puta madre
Belén Esteban


Escribo probablemente desde mis últimos momentos. Quién sabe si será cuestión de días. Así está la cosa y no creo que haga falta dar muchas explicaciones.

Si se echa un vistazo a la mayor parte de las páginas de este Mundo Narcótico, se verá cómo el pesimismo y la infelicidad que de él se deriva, o viceversa, impregnan casi siempre el punto de vista, por mucho que se camufle en el sarcasmo, la musicalidad o la retórica. Ed Diener, destacado exponente de la Psicología Positiva, cree demostrado que la infelicidad acorta la vida. Más aún, incluso, que la obesidad, que es cosa probada. Y la cuestión no es trivial. Sus extensas investigaciones, basadas tanto en la sesuda observación como en pruebas experimentales con personas y animales, han arrojado sorprendentes conclusiones que corroboran lo que el sentido común ya nos anunciaba de antiguo. Así, animales sometidos a estrés por hacinamiento ven mermadas su capacidad inmunológica y, por ende, su longevidad frente a los que viven en clave optimista gracias a una existencia no estresante. Y la misma conclusión se extrae de la observación a lo largo de 40 años de 5.000 estudiantes: los pesimistas tienden a morir antes. En fin, un hallazgo sorprendente hasta para el propio Diener: cuanto menos feliz seas, menos vivirás, por mucho brócoli y zanahorias que comas.

Diener, también conocido como Dr. Happiness, pone de manifiesto que las políticas sanitarias de nuestros gobiernos, que apuntan a combatir el tabaquismo, la mala alimentación, el sedentarismo o la obesidad, harían bien en incluir entre sus objetivos el de evitar el enfado crónico y la depresión del ciudadano, es decir, el de ser feliz. La lectura es fácil de entender. Lo que ya no lo parece tanto es poder sacar partido a semejante evidencia. El individuo, desdichado, por mucho empeño que ponga en capear el temporal con buena cara, e inmerso en una sociedad estresante y hostil como la nuestra, poco podrá hacer por evitarlo.


Elisa de la Nuez escribió hace unos días La fractura entre política y ciudadanos. Con prosa clara y serena y una argumentación previsible pero demoledora, radiografía la fractura existente entre un individuo enfurruñado y frustado y una clase política, ineficaz y corrupta, habitante de una dimensión diferente donde rigen leyes exclusivas, que ni le escucha ni le representa. Volviendo a Diener, el individuo, así impelido a la infelicidad, se hundirá en un mar de pesimismo en el que, sin oxígeno, terminará convertido en un muerto viviente, para pasar, en poco tiempo, a la categoría de muerto prematuro. Y si las tormentas políticas que nos azotan de continuo arrastran estos lodos en el plano personal, en la esfera social, como alerta de la Nuez, podrían surgir líderes peligrosos que sustituyeran a esta casta inoperante, ciega y sorda, de políticos de mierda.

En fin, si no fuera porque ya no confío ni en los jueces, pondría una denuncia contra el estado por maltrato permanente y lesiones con posible resultado de muerte -en mi caso, la mía-. O me apuntaría a los tibios movimientos de insubordinación que van surgiendo: nolesvotes, avaaz, indignaos... Pero no puedo. De tanta frustración, no creo que me quede ya tiempo más que para morirme.

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