02 mayo 2012

El Día De


Anteayer, 30 de abril, fue el Día Internacional del Jazz. El primer día del jazz de la historia. Una iniciativa auspiciada por la Unesco a instancias del gran Herbie Hancock, que nace en forma de chaparrón de actividades -conciertos sobre todo-, desplegadas por todo el planeta con la pretensión de integrar reivindicaciones femeninas, interculturalidad, pacifismo y dignificación de las personas a partir del propio jazz como elemento aglutinador. Grandes objetivos estos de sesgo filantrópico, dirigidos a inundar la aldea global, que no siempre resultan sencillos de descodificar. De entrada, las celebraciones no empezaron, como hubiera sido preceptivo, anteayer, sino el pasado 27, en la aséptica sede parisina de la Unesco, con mesas redondas, conferencias, talleres y otras gaitas. Nada que ver, obviamente, con las plantaciones, cárceles, calles, iglesias y tugurios en los que se forjó el jazz primigenio, una forma musical cuya edad de oro hay que situarla ya muy lejos: en los años 50 del siglo pasado. Cuesta trabajo imaginarse a Thelonious Monk, Charles Mingus, John Coltrane o Sun Ra en actos descafeinados destinados a integrar el jazz en la maquinaria ultraliberal de nuestros días, o a Miles Davis, Charlie Parker o Chet Baker, hasta las cejas de heroína, sonriendo hipócritamente al diplomático de turno.

Con todo, nada más lejos de mi deseo que despreciar aquí el empeño del autor del recomendable Head hunters (1973). El del jazz no es un día que me repela especialmente. Lo que en verdad repele es el nada asumible maremágnum de "Días De" que ha terminado por anegar el calendario. Al principio, al santoral de toda la vida se le iban añadiendo días señalados que nacían al simple objeto de reseñar un hecho a reivindicar o simplemente memorable: Día Mundial de la Salud, Día Internacional de los Gitanos, Día Mundial del Sida, Día Mundial Sin Automóviles, Día de los Derechos Humanos... Sin embargo, al poco, la cosa empezó a salirse de madre. Basta detenerse un momento en los "Días De" medioambientales para hacerse una idea precisa: Día Mundial del Medio Ambiente, Día de la Tierra, Día del Sol-Tierra, Día Mundial de la Diversidad Biológica, Día Mundial de los Océanos, Día Internacional de los Humedales, Día Internacional de las Aves, Día del Árbol, Día Forestal Mundial, Día Mundial del Agua, Día Meteorológico Mundial, Día de Acción Contra las Represas, Día Internacional del Combatiente en Incendios Forestales, Día de la Conservación del Suelo...

Así las cosas, a fuerza de conmemorar un Día De tras otro, se ha terminado por minimizar o fagocitar el valor práctico y diferencial de cada nueva celebración, deviniendo el calendario un caótico compendio de efemérides, la mayoría banales, redundantes, estúpidas o despreciables, que se suceden sin solución de continuidad: desde el Día de la Marmorta al Día del Número Pi, pasando por los de Halloween, de San Valentín, de la Marihuana, de las Fuerzas Armadas, de la Secretaria, de la Enfermera, del Abogado, de los Cornudos, del Toro Enmaromado, del Perro Callejero, del Dulce de Leche, de la Guerra de las Galaxias o de la Internet Segura. Y así hasta el infinito, lo que no deja de ser sino un reflejo de lo obvio, lo serial y lo vacío de contenido que impregna la cultura humana actual, que da muestras, también de este modo, de hallarse en una especie de fase terminal.

Frente a ello, ante semejante propagación de la chorrada institucionalizada, bastaría, en mi opinión, con dos conmemoraciones mutuamente excluyentes: el Día de la Revolución, para celebrar la destrucción del mundo de mierda que hemos construido, y el Día del Aquí Te Espero, para conmemorar la paciencia e inactividad con la que seguimos esperando su apocalipsis. ¿Para qué más?

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