04 abril 2010

Atún rojo, boquerón boquerón y soylent green


Acaban de firmar su sentencia de muerte. Muere sin remedio, tras 3.000 años de acoso, el Usain Bolt de los océanos. La sobrepesca con redes de cerco y almadrabas, el descontrol y la desidia frente a la pesca ilegal (más del 50% del total) y la falta de propuestas valientes que no estén hechas a la medida de organismos más o menos indignos se conjuran con la ignorancia y la avaricia para el fatal desenlace. Según los más optimistas, las capturas tendrían que reducirse a 8.000 toneladas/año para que el 50% de la especie pudiese recuperarse en 2.023, pero es obvio que la única solución pasa por el cese total de las capturas. Sin embargo, no se da ni una cosa ni otra, sino todo lo contrario: cualquier experto sabe muy bien que el volumen de capturas alcanza cada año las 60.000 toneladas, por lo que el atún rojo del Atlántico, uno de los pocos peces de sangre caliente del planeta, podría desaparecer comercialmente en ¡3 años! Si nadie ha encargado todavía una esquela es porque sería de tontos ser el primero en admitir el genocidio.

Resulta desolador que los propios gobiernos subvencionen con grandes sumas de dinero actividades que, tras su fachada alternativa, repercuten letalmente no sólo en el atún, sino, también, en los ecosistemas. Tal es el caso de las almadrabas, que, presentadas como pesca tradicional, en lugar de abastecer el consumo local, como podría esperarse de una técnica "vendida" como artesanal, destinan sus capturas casi exclusivamente a Japón, el gran depredador.

Sin embargo, aún más destructiva resulta la falsa acuicultura del atún. Portugal y 10 países mediterráneos, entre ellos España, en lugar de criar larvas hasta obtener ejemplares adultos, como es propio de la piscicultura, se dedican al engorde en granjas marinas de atunes jóvenes salvajes capturados en alta mar con un despliegue tecnológico más propio de una guerra mundial (aviones, gps, sonars, jaulas flotantes). El 73% de las capturas así obtenidas en el Mediterráneo tiene este destino. Y eso sin olvidar que, al ser conducidas a granjas marinas, no tienen que pasar controles portuarios, por lo que la pesca ilegal se dispara. Los datos son espeluznantes, las consencuencias, devastadoras. De entrada, el engorde de un pez tan voraz como el atún acarrea una insoportable sobrepesca de los peces pequeños que le sirven de alimento (caballas, sardinas...), lo que afecta no sólo a estas mismas especies, sino, además, a especies grandes que también se nutren con ellas. Hacen falta, atención, entre 4 y 11 kilos al día de estos peces para obtener un kilo de atún. Por otra parte, los emplazamientos elegidos para las granjas terminan convertidos en cementerios sin vida a causa del exceso de alimento sobrante, medicamentos, deyecciones y atunes fallecidos que se van depositando en el fondo marino. Todo este dantesco circo, por cierto, termina atrayendo a otras especies (aves, delfines...) que mueren atrapadas en las redes o son aniquiladas en "legítima defensa" por los granjeros (un ejemplo: 3.500 focas al año en las granjas de Escocia). En fin, para qué seguir. Toda esta carnicería está fuertemente subvencionada con nuestros impuestos.

El futuro del atún rojo parece, pues, cosa de ciencia ficción. La ICCAT (International Comission for the Conservation of Atlantic Tuna), formada por organismos que representan a diferentes países, tiene como única y santa misión el control y defensa del thunnus thynnus, sin embargo, permeable a intereses comerciales y políticos, siempre se ha mostrado inoperante y cobarde ante lo dramático de la situación: la población de atún rojo se ha reducido en tres generaciones un 90%. Lo vimos en noviembre pasado en la reunión de Recife (Brasil) y lo hemos visto este mes de marzo en la cumbre de Doha (Qatar).

En Recife, la ICCAT, desoyendo a su propio equipo científico, que aconsejaba con datos irrebatibles el cese de las capturas, se limitó a reducir las 19.950 toneladas de 2009 a 13.500 para 2010. Algo antes, los países mediterráneos ya habían avisado de que rechazarían la propuesta de Mónaco de incluir el atún rojo en el convenio CITES (Convention on the International Trade in Endangered Species of Wild Fauna and Flora) como especie en extinción. Siendo su población reproductiva inferior al 15%, razones había para ello, pero en Recife, como era de esperar, la propuesta fue sencillamente ignorada. En este mismo encuentro, valga el dato por lo impresionante, se dio permiso a Marruecos, frente a las recomendaciones de la ONU, para usar artes ilegales de deriva para la pesca del pez espada hasta 2012, lo que acarrea la muerte de 4.000 delfines y 25.000 tiburones al año. En fin, no sólo quedó, una vez más, la gestión de la ICCAT como una verdadera mierda, sino la de la propia UE, que, representada por la Comisión Europea, avaló estas tropelías.
 
Ahora, en Doha, se han vuelto a ignorar los espeluznantes datos aportados por los científicos y la propuesta de Mónaco ha quedado aparcada con la promesa de la UE -traje, corbata y sueldazo- de aceptarla en 2.011, siempre que la ICCAT -¡qué alivio!- no aporte datos que lo desaconsejen. También han salido mal parados el pez martillo y otros escualos, los corales y el oso polar. Nadie ha sabido encontrarles protección frente a la voracidad del comercio internacional. Y es que hasta detalles tan absurdos como el miedo de algunos a que la inclusión en el CITES de una especie con valor comercial como el atún pueda sentar un precedente para incluir otras especies comerciales, se mueven a favor de la aniquilación, especialmente indigna y cruenta, del atún atlántico.

En este sentido, también el boquerón boquerón (engraulis encrasicholus) camina hacia su fin. Una sobrepesca que viene de lejos y aguas más cálidas y salobres han arruinado su dieta (plancton, larvas y pequeños crustáceos) al tiempo que han fortalecido a sus depredadores (jurel, caballa...). Las 10.000 toneladas anuales de sus buenos tiempos han pasado a menos de 500 en 2008 y, mutatis mutandis, el rey del pehcaíto frito malagueño ha ido siendo sustituido, sin demasiadas estridencias, por boquerones de otras latitudes, cosa que no parece importar demasiado a nadie. Poco más o menos lo mismo que ha ocurrido con los chanquetes boquerones, reemplazados por alevines de otras especies. Sin embargo, en la muerte del atún rojo hay un componente más sordido que la terca desidia y la mera necedad del hombre: la percepción de que lo que desaparece es un descomunal negocio, no una especie. Y es que a quién hostias le importa la especie cuando por un atún, ¡uno solo!, se ha llegado a pagar en una lonja de Tokio ¡177.000 dólares! Así parecen asumirlo, sea por falta de valentía, de luces o de escrúpulos, pescadores y regiones pesqueras, comerciantes, restauradores, peñas gastronómicas, tecnócratas, políticos y gobiernos enteros. A ninguno parece repugnarle que existan empresas japonesas que compren y congelen todo el atún del que son capaces a la espera de pingües beneficios tras las cada vez más próximas exequias. Se sabe, en fin, que en el degradado Cipango de hoy en día hay acumuladas unas 50.000 toneladas de carne de atún rojo preparadas para venderse a precio de oro tras su extinción comercial.

Convendría, por tanto, armarse moralmente frente a semejante panorama. No parece que, cuando un pueblo como Barbate -en cuyas almadrabas se ganaba mi abuelo su jornal- exige un aumento en la cuota de capturas, debamos ver a una víctima en lugar de un eslabón más de una cadena de depredadores ávidos de yenes. Y tampoco parece que deban importar más unos cuantos parados en un país con 5 millones que una especie salvaje amenazada. Sin embargo, dibujado ya este patético escenario, se hace evidente la dificultad, si no la imposibilidad, de encontrar soluciones. Podríamos, sí, hacer saltar por los aires edificios y cabezas, pero, aparte de jodernos el placer de la paz, no conseguiríamos gran cosa, porque lo malo de la gente implicada parece consustancial a todo el mundo. De modo que, así las cosas, ¿qué podríamos hacer? La respuesta parece no poder ser otra cosa que nada, sentarnos a esperar hasta que el destino nos alcance. Afortunadamente, siempre nos quedará el soylent green.

s:
- Atún rojo (Pedro Narváez y Juan Manuel Canle)
- Atún rojo del Mediterráneo (Blog de Juan Francisco Martín)
- Evolución del cultivo de atún rojo (Felipe Aguado Jiménez)
- Tuna fisheries and utilization (FAO)

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