27 mayo 2009

Berlusconi y la Italia de los corderos


Los jóvenes universitarios italianos, los modernos, se miraban con complicidad, ratificaban su aura de grandeza y mostraban su solidaridad con el pobre euskaldún cada vez que surgía en clase la dicotomía vasco-español. El resto ni se miraba. Se mantenía en silencio a la vez que ponía el bolígrafo en posición de descanso y tomaba aliento antes de que retornase la lección magistral. Todos, eso sí, sonreían hermanados si una secuencia precisa de fonemas inundaba la atmósfera del aula: B-e-r-l-u-s-c-o-n-i. Viéndolos, uno tenía tenía la sensación de que este admirador-ahijado de Andreotti -ahí debió de empezar todo- y hoy el hombre más rico de Italia, tenía los días contados. Parecía que nadie hubiera votado nunca a Berlusconi, pero, sobre todo, que nadie le votaría jamás.

En cualquier urbe de Italia, allá por el 2003, los manifestantes contra la guerra ponían patas arriba, cada día, el centro città. Con sus insufribles cantinelas y sus percusiones se disparaban las ventas de paracetamol y tapones de silicona. Los tranvías se dormían en fila india y el conductor leía el periódico. No había balcón que no tuviera su bandera arcoiris. Alguien debió hacerse muy rico vendiéndolas. Sin embargo, la gravedad de los acontecimientos bien valía la misa. Daba la impresión de que los alternativos podían serlo de veras, de que cualquiera podía serlo. Los modernos que inundaban los parques los días de sol, con su ropa de marca, sus timbales y sus aperos malabares, con sus porros, sus birras y la mugre estudiada de sus zapatillas y sus pañuelos palestinos. Aquellos que me miraban, irónicos, callaotorgando, cuando yo me cagaba en todos los nacionalismos -empezando por el vasco y el español-. Acaso Italia entera. Todo el mundo, liberado de poses y de miedos, parecía haber sufrido una feliz transformación. Parecía, en fin, que, si de todos ellos hubiera dependido, Berlusconi habría sido en aquel momento, como su paisano Rascayú, un cadáver nada más.

De hecho, entre suspiros de alivio, Berlusconi dejó la presidencia en 2006. Se desdibujaba así la imagen persistente de una Italia deficiente mental y sensorial y se sembraba olvido en un erial de podredumbre, al tiempo que se inyectaba vitaminas y cemento en una izquierda raquítica y multifragmentada. Pero sólo fue un espejismo. Algo menos de dos años después, un pueblo entero, o más de medio, se dejó engañar de nuevo por la cara visible de la mafia. Chistes y chascarrillos, amenazas, promesas y regalos, populismo, paternalismo, prepotencia... El pueblo italiano -aunque aún haya hoy quien pronostique sacudidas sociales de peso-, devenido ante el mundo un ejercito de idiotas masoquista, baqueteado cien mil veces en el arte de la broma pesada, había vuelto a caer en las garras del monstruo más espeluznante nacido de sus propias entrañas desde Mussolini. "¿Hasta cuándo, Berlusconi, abusarás de nuestra paciencia? se pregunta hoy un desesperado Saramago.

Señalado por su relación con la mafia hace ya muchos lustros, Don Silvio siempre destacó por sus selectas amistades. En 1994, acomete su asalto al poder apoyado en su vasto imperio empresarial y en la Lega Nord, integrada por ultraderechistas, ultranacionalistas y antieuropeístas con quienes convivirá hasta hoy en una ósmosis no exenta de altibajos. La Lega, fundada por Umberto Bossi, quien en algún momento de su tormentosa relación califica a Berlusconi de mafioso incontestable, inicia su andadura con una fuerte aversión hacia los inmigrantes suritalianos de la Padania, para, más tarde, extender su homofobia a los inmigrantes en general, con una especial predilección por musulmanes, rumanos, albaneses y chinos. Y tampoco ha hecho ascos a integrar en su reciente Popolo della Libertà (continuación de Forza Italia) a los fascistas de Alleanza Nazionale, cuya cara más amable es la de Gianfranco Fini, su líder desde hace 15 años. Curiosamente, Alianza Nacional vio en 2003 cómo Alessandra Mussolini abandonaba la organización porque el blando de Fini en un viaje a Israel como vicepresidente del Consejo de Ministros se había atrevido a condenar las leyes racistas promulgadas durante el gobierno fascista de su abuelo.

Dueño de la casi totalidad de los medios audiovisuales del país, Berlusconi controla la prensa escrita haciendo uso de la intimidación y la censura de forma habitual -el filme Shooting Berlusconi, sistemáticamente ignorado, es sólo una muestra reciente- y carga contra periodistas, humoristas, jueces o políticos, cualquiera que se le oponga, porque, dice, lo machacan a diario. Y ÉL, tal es su sentido del deber, lo soporta con férrea resignación, aunque a ÉL lo que le gustaría es irse a casa a ejercer de abuelo.

Impulsor de una reforma de la ley de seguridad que hiela la sangre en las venas, Berlusconi obtiene el año pasado la aprobación de una ley que limita las escuchas telefónicas a los delitos más graves -mafia y terrorismo-, lo que conlleva que las escuchas anteriores a la entrada en vigor de la ley no sean tenidas en cuenta, algo que le beneficia claramente por lo que respecta al llamado caso Saccà, fundamentado en unas grabaciones que le muestran presionando a un director de la RAI, Agostino Saccà, con la intención de que contrate a mujeres de su predilección.

Siempre en busca de inmunidad para quedar impune, primero en 2004 con el lodo Schifani y luego en 2008 con el lodo Alfano, manipula las leyes, contra todo y contra todos, en su beneficio. Lo pone de manifiesto el caso Mills, que vuelve a la palestra informativa por enésima vez. Mills, abogado inglés, curiosamente marido de una ministra de cultura del gobierno Blair, recibió unos 400.000 euros para que, allá por 1997, no revelara, en su condición de testigo, datos acerca de algunas empresas afines a Mediaset que servían para blanquear dinero. La esposa de Mills tuvo que dimitir en Inglaterra; Berlusconi y Mills, en Italia, fueron feliz e irregularmente absueltos.

Así las cosas, que su mujer pretenda apretarle las tuercas por ser un mentiroso machista que ha convertido el país en un peligroso reality en caída libre, que la presidenta del tribunal de Milán, Nicoletta Gandus, reabra con bríos renovados el caso Mills, que Antonio di Pietro ayer mismo haya presentado una moción de censura en el parlamento contra el escudo de defensa que es para Berlusconi el lodo Alfano o que toda la prensa mundial se muestre expectante y atónita ante la deriva de Italia un día sí y el otro también, todo ello, pienso, pone un poco de esperanza en el pertinaz caminar de los italianos hacia el abismo, aunque sea ésta la esperanza del que ya la ha perdido tantas veces que no cree que las cosas puedan cambiar sino a peor. De momento, nuestro hombre está viendo en este preciso instante la final Barça-Manchester con Zapatero a su derecha y el rey de España a su izquierda, sonrientes todos ellos. Así está el panorama. Y no hay otro. Nosotros, sin embargo, por si acaso... incrociamo le dita.

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