30 abril 2008

La amenaza amarilla

Nos venían avisando. Tiempo hacía que preclaras mentes nos hablaban de una amenazadora fuerza que venía de oriente: la gran muralla china, la tinta china y naranjas de la China, todo nos parecía un cuento chino. Ni los tira chinas, las películas chinas o las bolas chinas nos sacudieron el desinterés. Quién se acuerda de Los Nikis en el año 81 del siglo pasado clamando en el desierto:

La amenaza amarilla, la amenaza amarilla...
Los radares de Occidente están detectando mucha gente, nadie sabe lo que pasa, ni la CIA ni la NASA.
Son los chinos, que se han unido, y no se dan por vencidos, han saltado la Muralla, se están pasando de la raya.
Corre hacia tu casa, escóndete en tu habitación, baja la persiana, métete debajo del colchón.
Hiro Hito y Mao Tsé Tungluchan por el bien común, cuando vean lo que han hecho, estarán muy satisfechos.
En la ONU están temblando, ahora saben lo que está pasando: mil millones de orientales están rodeando las ciudades.
Corre hacia tu casa, escóndete en tu habitación, baja la persiana, métete debajo del colchón.
La amenaza amarilla, la amenaza amarilla...
Pero, como con tantas otras cosas preocupantes que nos acechan, aprendimos a vivir con ello sin prestar atención a las señales. En Milán, ejemplo pionero en una Europa cada vez más gualda, la comunidad china empezó a formarse ya en los años 30 en via Canonica, la que a la sazón sería, 70 años más tarde, mi calle durante cinco años. En la escuela del barrio había chinos a punta pala. A la hora de la salida, mujeres guapas y hombres mal vestidos atravesaban la puerta antes que tú, se te colaban por debajo del sobaco, no hablaban con nadie, salvo entre ellos, aunque sí sonreían, y conducían a sus hijos a base de collejas y cariño, a partes iguales... Los veías por todas partes. Los negocios del barrio se iban traspasando y allí estaban ellos para pillarlos todos.
En via Paolo Sarpi, centro neurálgico de la chinatown lombarda, había un restaurante chino, el Ju Bin, que ofrecía cientos de platos en el menú: pulpo, cangrejos, gambas, bogavantes, pato, cerdo, pollo, makizushi, futomaki, uramaki... mil platos, digo, preparados de un sinfín de maneras. Todo a lo grande. Un centenar de jovencísimos camareros y camareras que, en muchos casos, no hablaban un pijo de italiano atendían a hordas de famélicos milaneses castigados por el alto nivel de vida de la ciudad. Por 50 euros, 5 ó 6 personas comían y bebían hasta reventar. La relación con el cliente resultaba por lo general bastante fría, fruto de una cultura -no podía ser de otro modo- milenaria, ajena del todo a la europea. Pero bueno, eso era lo de menos. Cuando salías a la calle, bastante más de medio pedo por el vino, parecía que estabas en otro planeta: tiendas de ropa, de zapatos, de juguetes, de todo a un euro, supermercados, restaurantes... y chinos, chinos por todas partes. Buscabas un vínculo con ellos, y sólo aparecía Bruce Lee en el horizonte, algo a todas luces insuficiente. Lo mismo debía sentir Umberto Bossi, fundador de la Lega Lombarda y sumo pontifice de los ultranacionalistas padanos, que montaban tenderetes los fines de semana en el barrio chino para recoger firmas con el deseo de mandarlos a la otra orilla del Liang Shan Po y poner una gran muralla china de por medio.

En aquellos momentos de sobreexposición lo vi claro: la estrategia amarilla era poner gente hábil al frente de iniciativas y negocios con decenas y decenas de empleados mal pagados y repartirlos por todo el planeta. Un plan de selección biológica de líderes aséptica y cuidadosamente llevado a la práctica...

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