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26 octubre 2012

Fukushima se hunde: el futuro del mundo depende del reactor 4


Fukushima es el nombre de un lugar que nadie debería ignorar, aunque, por absurdo que parezca, haya gente interesada en que eso ocurra. Aun así, de uno u otro modo, oculta tras un montón de mentiras concienzudamente tejidas, la central nuclear de Fukushima Daiichi ahí sigue, día tras día, desde el pasado 11 de marzo de 2011, como un monstruo que se come la vida silenciosamente y amenaza con engullirlo todo. Al principio las noticias fluían sin freno, en consonancia con la magnitud de la tragedia, sin embargo, pasados unos meses, acabaron convirtiéndose en notas breves, superficiales y esporádicas en los principales medios de información del planeta. Sólo con motivo del primer aniversario de la catástrofe, volverían a ocupar, convertidas ya en crónicas triviales de tono compungido, las portadas de todos los periódicos. Pero fue, en todo caso, un resplandor que se apagó a los pocos días.

En todo este tiempo -19 meses-, los datos se han ido conociendo, entre cifras que bailan, valoraciones encontradas y rectificaciones, de manera confusa. Desde las dimensiones de la zona de exclusión a los años necesarios para desmantelar la central, pasando por la magnitud de las emisiones radiactivas y la prohibición o no de ingerir ciertos alimentos. Se ha hablado de soluciones como sellar las grietas, extraer las barras de combustible o parar los reactores en frío (cold shutdown), soluciones todas ellas obligadas pero no definitivas. Se ha especulado acerca de la tipología de los contaminantes liberados por tierra, mar y aire y de sus efectos perniciosos sobre los organismos... Un escenario sobrecogedor, silenciado con palabras, manejado por políticos incapaces, periodistas adormecidos y gente interesada del lobby nuclear. En diciembre, el primer ministro japonés, Yoshihiki Noda, aseguraba que se había conseguido la parada en frío de los reactores y, sólo un mes después, el ex-diplomático estadounidense Kevin Maher, con motivo de la publicación de su libro The Japan that can't decide, aseguraba que eso era una ficción.

Sea como fuere, lo sepa o no una población enfrascada en sus cuitas económicas y sumida en la inacción frente a cuestiones esenciales, la tragedia de Fukushima es un agujero, cuya magnitud real sigue sin conocerse, por donde parece escapársenos la vida. De poco vale ya seguir culpando a TEPCO (Tokyo Electric Power Company) o al gobierno nipón. ¿Tendría sentido acusar a Jack el Destripador de excesiva rudeza o al Vaticano de potenciar la superstición? Importa sólo la herencia de las generaciones venideras, abandonadas ya a un futuro prácticamente hipotecado. Si en diciembre, por poner un ejemplo, nos aterrorizaba que las cantidades liberadas sólo de cesio equivalieran a 168 bombas nucleares de Hiroshima, ahora, octubre de 2012, es la supervivencia del planeta entero lo que está en peligro. Y no es una patochada ni una alucinación. A primeros de agosto, en una entrevista que está adquiriendo notoriedad en estos días, Mitsuhei Murata, ex-embajador de Japón en Suiza lo exponía con una rotundidad aplastante [vídeo con subtítulos en inglés].



Ya en marzo pasado, Murata había declarado públicamente ante el Budgetary Committee of the House of Councilors que el edificio paralizado que alberga el reactor 4 estaba hundiéndose. Dicho edificio cuenta con una piscina de enfriamiento, situada a 30 metros por encima del suelo y sin protección -el viento se llevó el techo-, con más de 1.500 barras de combustible gastado y una radiación de 37 millones de curios (unas 460 toneladas de combustible nuclear). De continuar progresando el hundimiento (o de registrarse un nuevo seísmo), la estructura podría desplomarse afectando a la piscina común a todos los reactores (seis), de manera que, según Murata, el número total de barras de combustible sería de más de 11.000, lo que supone 134 millones de curios de cesio-137 (85 veces la cantidad liberada en Chernobyl). El resultado es fácil de imaginar: si la piscina se rompe, el combustible, al quedarse en seco, se calentará y explotará, liberando un tsunami de sustancias letales que se extendería por un área muy amplia, lo que podría ocasionar una catástrofe sin precedentes capaz de hacer inhabitable una buena parte del planeta. Hasta el momento, el edificio se ha hundido, desigualmente, más de 80 centímetros.


Semejante panorama, que TEPCO decía tener bajo control en el momento de las declaraciones de Murata y que ahora, 7 meses después, admite plenamente, dista mucho de su solución. Como se ve, la consideración inicial de nivel 7 -el más alto- para Fukushima según la escala INES, que lo convertía en el mayor desastre nuclear tras Chernobyl, empieza a quedarse pequeña, porque, si bien la liberación de material radiactivo al aire fue superior en Chernobyl -hasta el momento-, en lo que respecta al suelo y al mar las cifras resultan aterradoras en el caso japonés.

En un informe difundido en abril pasado elaborado tras una reunión con diplomáticos japoneses para tratar sobre el conflicto de las islas Kuriles, diplomáticos rusos del Ministerio de Asuntos Exteriores mostraban su estupefacción ante el hecho de que sus homólogos nipones les asegurasen que más de 40 millones de habitantes de ciudades del Este, Tokio incluida, podrían tener que ser evacuados al estar en peligro mortal por contaminación radiactiva a raíz de la tragedia de Fukushima Daiichi. De ahí la necesidad de recuperar con urgencia las islas Kuriles. Añadían, además, que China les había ofrecido sus misteriosas ghost cities para albergar a los evacuados. Más claro, imposible.

La proliferación en los 70 de la energía nuclear se había visto frenada con el desastre de Chernobyl (1986), sin embargo, posteriormente, llevadas por el deseo de obtener independencia energética, las naciones se fueron subiendo al carro de las nucleares enarbolando el argumento de que así se contribuía a combatir el calentamiento global, mientras el lobby nuclear se frotaba las manos. Así las cosas, la tragedia de Fukushima se produce cuando, con las energías alternativas al ralentí, se vive un incremento notable de la producción eléctrica de generación nuclear y países como EE.UU., Canadá, Reino Unido, Rusia, Brasil, Irán, China... planean construir nuevos reactores o remozar los viejos. Cabía pensar entonces que, ante tan dantesco escenario, cambiarían las políticas nacionales, tan decisivas para el futuro del planeta, pero, incomprensiblemente, parece que no ha sido así. Esta misma semana se ha sabido que China acaba de levantar su moratoria nuclear y se dispone a construir nuevas centrales. Quién sabe si con la intención de dar uso a sus ghost cities.

En este sentido, la actitud de Estados Unidos, un país bastante afectado por las emisiones radiactivas de Fukushima, es particularmente ruin. A primeros de abril de este año, observadores militares rusos que sobrevolaban la costa oeste detectaron cantidades de radiación sin precedentes. Por las mismas fechas, la Woods Hole Oceanographic Institution confirmaba que una ola de residuos muy radiactivos se movía en la misma dirección -lo que, por otra parte, no era algo nuevo- y diferentes científicos concluían que las algas con partículas radiactivas descubiertas en California tenían la misma procedencia. ¿Por qué entonces EE.UU. ha venido ejerciendo una censura tan férrea ante una catástrofe global que amenaza, como poco, la continuidad del mundo tal como lo conocemos? En la respuesta, probablemente, tendrán algo que ver las 31 centrales nucleares repartidas en su territorio. 31 fukushimas en potencia de las que no conviene que la población tome conciencia.

En fin. El hombre ha creado un monstruo que ahora no puede controlar y ha decidido ocultarlo con mentiras. Si este es nuestro presente, no habrá más opción que la que vaticina Stephen Hawking: o la extinción o la huida al espacio exterior. Sólo queda esperar. De momento, nuestro futuro inmediato depende de lo que pase con ese maldito reactor.

La central nuclear de Fukushima Daiichi antes del desastre
Reactores 4 (izq.) y 3
Reactor 4


21 mayo 2011

Spanish Revolution. Introducción e instrucciones de uso

Presa de un inquietante desconcierto, la sociedad española anda buscando desesperadamente las coordenadas exactas de lo que, por el momento, ha venido en llamarse spanish revolution. Gestado durante meses en la red y alumbrado el pasado día 15, un nuevo mayo glorioso ha tomado la calle con una trascendencia inesperada y las protestas, a un día de las elecciones municipales, se extienden como la pólvora por el país e, incluso, más allá de sus fronteras. Fruto de un insatisfacción largamente rumiada que, hasta hace una semana, ni al poder ni a la prensa parecía interesarles en exceso, la revuelta se ha convertido en tema inevitable en diarios, tertulias "profesionales", redes sociales o la calle, sin que las explicaciones, por superficiales, sesgadas o interesadas, resulten suficientes por ahora. A un millar de cuestiones sobre sus raíces, gestación, desarrollo, objetivo y futuro sucede un millón de respuestas, simples o complejas, que, en cualquier caso, ponen siempre de manifiesto una realidad social nada trivial.

Hay que remontarse, entre otras, a iniciativas ciudadanas como Juventud sin Futuro o No les votes -que instaba a castigar a los partidos que habían apoyado la Ley Sinde- y llegar a ¡Democracia real ya!, para penetrar en las razones de cómo y por qué miles de personas, homogeneizadas, en su extrema diversidad, en un clamor unánime que apunta a los "políticos" como causa directa de su malestar, se han lanzado a la calle en más de 60 ciudades. Suena el eco de Conoce a tu enemigo de Green Day en medio de tanta confusión: la que brota de la amalgama de hechos y sujetos implicados y la que buscan quienes pretenden boicotear o apropiarse de la nueva coyuntura. No somos marionetas en manos de políticos y banqueros se leía en una pancarta el 15M, aunque mejor sería dirigir el punto de mira a jueces y periodistas, más cercanos que la abstracción simbólica de la desigualdad que representan los banqueros.

Políticos principalmente, sí, pero también jueces y periodistas pueden considerarse, en mayor o menor medida, responsables de la degradación social que impulsa la ola de protestas. Políticos corrompidos, doblegados por los mercados, dispuestos a privatizar los bienes del estado al tiempo que manejan partidas de dinero público; políticos, aspirantes a élites y propensos a flirtear con los poderes fácticos, puestos ahí con el dinero de banqueros que pagan las campañas de esas empresas ineficientes, burocráticas y corruptas en que se han convertido sus partidos. Jueces politizados que impulsan una justicia que secunda y favorece la indiferencia ante la corrupción, la prescripción de los delitos, la desigualdad en los delincuentes y el valor del dinero como herramienta del derecho. Y periodistas convertidos, en su mejor versión, en meros informadores que transitan una senda, marcada por las líneas editoriales, que los invita a no internarse en la oscuridad del bosque traicionando, así, su principal cometido: buscar la verdad y contarla. Se sabe, por ejemplo, aunque hoy la tendencia haya cambiado bastante, que las primeras manifestaciones del día 15, a las que sólo acudieron 2 ó 3 de los grandes medios, tuvieron una muy escasa cobertura. [Obsérvese el cambio de tendencia a lo largo de la semana]

Son ellos, políticos, jueces y periodistas -por fortuna, no todos- quienes, en lugar de contribuir a crear una sociedad éticamente asumible, la narcotizan con sus malas artes, haciéndola insensible a incontables ruedas de molinos que, a lo que parece, deben resultar normales, por inevitables, por mucho que por las calles se escuchen preguntan como las siguientes:

- ¿Por qué María Dolores de Cospedal ganó 240.000€ en 2009 y mi padre no llegó a 8.000? ¿Por qué a un diputado se le retiene sólo el 4,5% de su nómina aunque se llame Cospedal? ¿Por qué la jubilación de un diputado alcanza los 74.000€ y es compatible con otros ingresos y la de cualquier ciudadano tiene un tope de 32.000 y no lo es? ¿Por qué un diputado, por inútil y corrupto que pueda llegar a ser, cobra una jubilación completa con sólo 7 años de función en el cargo y los demás necesitan 35? ¿Por qué tantísimas prebendas?

- ¿Por qué Rajoy, posible presidente de España, se ríe de los españoles cuando un día destaca el limpio historial de Bauzá y al siguiente apoya a Camps, acusado de corrupción y pendiente de juicio?

- ¿Por qué Alfredo Sáenz, del Banco de Santander, ganó en 2010 casi 10 millones de euros y el pobre de César Alierta, de Telefónica, sólo 8.600.000?

- ¿Por qué El País nos muesta a Juan Cruz y Gay Talese zampánsose un desayuno de 40€ y El Mundo nos enseña una casa de 5 millones -como la de Cristiano Ronaldo-, si cualquier rebelde sin casa desayuna por 2€ en el bar de la esquina?

- ¿Por qué antes para oír un disco lo compraba y lo grababa tantas veces como quería y ahora tengo que comprarlo, pagar Internet cada mes y no puedo darle el uso que me parece?

En suma, ¿por qué músicos, actores, deportistas, banqueros, famosos, nobles y políticos, entre otros elegidos, pertenecen a una casta especial cuyo trabajo se valora más que el de un agricultor, un marinero o un bombero?

Este muestrario mínimo de tropelías históricamente admitidas muestra cuál es el combustible que ha puesto en marcha la maquinaria del 15M. Despilfarros, corrupción, arbitrariedades, desigualdades, fastos insultantes, huecas celebraciones y palabras destinadas a adormecer los datos en medio de una crisis galopante. Así las cosas, la gente, atrapada entre el socialismo esperpéntico de Zapatero y un futuro que se llama Mariano, sin trabajo y sin saber a quién votar, ha decidido mandar muchas cosas a tomar por culo, empezando por la corrección política, y lanzarse a la calle sin miedo. Nada nuevo, por otra parte, que no haya estado en el origen de cualquier revuelta acaecida desde que nació la propiedad privada (con el paso de las sociedades recolectoras-cazadoras a las agrícolas-pastoriles) hará unos 10.000 años. En principio, no es más que un levantamiento social con todos los ingredientes consustanciales al drama humano de las sociedades jerárquicas. En síntesis, mantener o perder privilegios o, dicho de otro modo, apuntalar o destruir las fronteras entre pobres y ricos. Palabras mayores.

Hay, sin embargo, en estos movimientos un rasgo diferencial, una marca lo suficientemente distintiva como para pensar que podemos estar ante la última gran revolución social: Internet, la herramienta más revolucionaria que se pueda imaginar. Ahí está la clave. Internet es lo que distingue estas protestas del experimento fallido del 68 y lo que, a través de las redes sociales, las ha posibilitado. No en vano, todo empezó cuando la gente, reacia a echarse a la calle por otra cosa que no fuera el fútbol, se manifestó contra la Ley Sinde, que pretendía a su manera poner las zarpas del capitalismo feroz en un mundo en donde no gustan los territorios vírgenes. Y es este factor crucial el que me parece un tanto olvidado, o subsumido, en las asépticas y bienintencionadas reivindicaciones generales del movimiento 15M: preservar el conocimiento libre, la privacidad y la neutralidad en la red que amenazan el ACTA y propuestas como la Ley Sinde debería ser una consigna prioritaria. Si no se logra, se habrá perdido todo.

Hay, además, otros aspectos inquietantes a considerar en torno al mayo español. A la dificultad intrínseca de encontrar soluciones a la compleja maquinaria averiada en que se ha convertido la sociedad, se añaden otros peligros. Desde fuera, se intenta deslegitimar el movimiento, ridiculizándolo, minusvalorándolo, tratando de absorberlo o, sencillamente, reprimiéndolo, aunque ello no haga otra cosa que mostrar la importancia de los acontecimientos. Es asimismo obvio que, desde dentro, el peso de algunos líderes podría desvirtuar las inquietudes colectivas. A veces, se ven alegrías desmesuradas y gente hiperestimulada que parece andar jugando a la revolución. Otras, se oyen análisis muy alejados de la realidad e, incluso, manifestaciones de vergüenza ajena. Boutades o intrascendencias dichas por algún pope pueden tener más eco que aportaciones serias hechas por desconocidos. De hecho, la propia arquitectura de las redes sociales ya comporta peligros. El esquematismo de los mensajes puede muy fácilmente favorecer la demagogia.

No parece, en resumidas cuentas, que estemos ante una empresa fácil, a la que, por lo demás, no acertamos a vislumbrarle tan siquiera un futuro inmediato. Por desgracia, todos compartimos idéntico genoma y la historia nos demuestra lo que se puede esperar de nosotros, independientemente de dónde hayamos construido las trincheras. Sin embargo, sea como fuere, la spanish revolution ya está en marcha y podría ser nuestra última gran oportunidad. De modo que, aunque aún no sepamos adónde puede conducirnos, abre un evidente resquicio para la esperanza que será mejor no desperdiciar. A fin de cuentas, tenemos derecho a soñar y, afortunadamente por ahora, soñar sigue siendo gratis.

09 noviembre 2010

La cuestión saharaui: a quién le importa

¿Qué es lo que pasa hoy con Marruecos, que no pasara ayer, para que anden todos los periodistas en clave tribulete-en-las-trincheras dando muestras de su gran sensibilidad y humana condición? Da risa verlos tan sobrecogidos y atareados con los recientes episodios del Sáhara, toda vez que Marruecos no ha cambiado nada, ni en el fondo ni en la forma, en los últimos 50 años.
Lo que hoy está ocurriendo en la Saghya l-Hamra era algo absolutamente esperable. En las últimas décadas, el apoyo de los estados a Marruecos ha sido persistente –especialmente constante el de Francia y España, y, por supuesto, el de Estados Unidos-, y Marruecos no se ha visto jamás forzado a modificar un ápice sus arbitrariedades ancestrales. Ni tan siquiera pasó nada cuando Driss Basri, ministro de Interior en los años de plomo, fue relegado de sus funciones por Mohammed VI –lo que supuso un hito en la creación de expectativas para el Maghreb l-Aqsa que rápidamente quedaron truncadas-. En lo que afecta particularmente a España, no es sólo que se haya apoyado a Marruecos a pesar de su rechazo al plan Baker en sus diferentes versiones, sino que se le ha armado hasta los dientes, lo mismo con el PP que con el PSOE. Este mismo año, España ha sido denunciada por diferentes organizaciones por la venta de armas. Las justificaciones esgrimidas por el gobierno, por boca de Silvia Iranzo, secretaria de estado de Comercio, se movieron entre el cinismo y la banalidad intencionada.
No se trata, en cualquier caso, de información secreta. Basta con escribir en el buscador de Google “venta de armas Marruecos” y sin salir de los primeros 10 resultados ya tendremos datos suficientes para tener una idea ajustada de lo que estamos hablando.
Por otra parte, hay otra perspectiva que no conviene desdeñar. Los gobiernos de Hassan II y, después, de su hijo han descontado durante decenios un significativo porcentaje del sueldo mensual de sus funcionarios para defender la marroquinidad del Sahara -al tiempo que se maquillan con tintes patrióticos el empobrecimiento generalizado de la gente y la desaparición de las clases medias-. En otras palabras: los marroquíes han pagado la integridad territorial con su dinero en cómodas (o no) cuotas mensuales. ¿A ver quién les dice ahora que el Sáhara no es suyo sin que haya un levantamiento popular?
Así las cosas, no es a Marruecos a quien en primera instancia habría que condenar, sino a una prensa mamarracha, la nuestra, a la que le impresionan unos cuantos cadáveres pero que no denuncia con el mismo énfasis los pasos que llevan a la masacre, y a un gobierno mezquino, el nuestro, que se convierte en cómplice de la reiterada violación de los derechos humanos a cambio de unos ilusorios acuerdos pesqueros, el beneficio de unas pocas empresas y poco más. Sigamos, pues, con nuestros alonsos y gasoles, nuestros messis, charlemos sobre el Papa, ocupémonos del lenguaje sexista, de la y griega y de la posible desaparición de Zapatero (el apellido), pero no nos obliguen a emplearnos en temas que, por manidos, nos amargan el día porque ponen de manifiesto nuestras propias miserias y nuestra proverbial hipocresía.

24 junio 2010

El opio es redondo

Sarkozy suelta la mano de su amada para golpearse el pecho, mientras, con los ojos inyectados en sangre, pide venganza por el desastre nacional que supone la derrota de su selección. Italia se olvida de sus políticos para jugarse su unidad. Sesudos periodistas se rinden ante la magnitud de ese dios bajuno de pelo grasiento que es Messi. Donovan abandona su guitarra para meter a EE.UU. en octavos. El bello Piqué casi pierde los dientes. Inglaterra y Alemania entran en la III Guerra Mundial. Zidane es seducido por el armamento de los argentinos... Spasticus autisticus... El opio es redondo.



13 abril 2010

Operación Cura Pedófilo

Cuando das el último trago al café, ya has descodificado la misma información más de 40 veces. Como todas las mañanas, diáconos, deanes, capellanes, obispos, cardenales, y hasta papas, clérigos todos, curas silentes y afanosos sin más encomienda que la entrega, aparecen una vez más en el punto de mira de abyectos periodistas lanzados con malas artes a una campaña febril de desprestigio.

La prensa no parece ocuparse de otra cosa, pero bien le valdría no olvidar una dualidad casi axiomática: los curas son portadores de una tarea sagrada, sí, pero también son hombres; y los niños, quién se atreve a negarlo, no son otra cosa que un regalo de dios. Es por ahí, por esa grieta, por donde los curas, representantes de un dios acaso no tan deseado como deseante, se despeñan cada poco cayendo en el más perdonable de los pecados capitales después de la gula y la pereza. La lujuria. Por fortuna, los niños no cuentan con armas para defenderse y los tocamientos, restregamientos, intimidaciones, felaciones, masturbaciones, penetraciones y otros comportamientos privados a los que se han visto históricamente sometidos se han ido quedando siempre en el lugar que por naturaleza les correspondía, esto es, en la esfera de la privacidad. A veces, sin embargo, esto no ocurre, y las noticias de abusos sexuales a menores alcanzan el ámbito de la prensa, la policía o los jueces. Así se explica la saturación de informaciones pedófilas que tan incómoda empieza a resultarnos estos días cada vez que abrimos un periódico o encendemos la tele. Una situación, antiestética por demás, que impide mirar para otro lado, como ha venido siendo habitual, y que tiene en la prensa, podrida de intolerancia y odio, a su principal valedora. Una situación, en esencia, en la que se tiende a ignorar que Dios es el único juez.

En este contexto, parece pertinente rescatar Operazione: petrofilia (Operation: pedopriest en inglés), el videojuego gratuito que creó en 2007 Mollenindustria, dígase Paolo Pedercini. En el juego, por el que Pedercini tiene aún una cuenta pendiente con la justicia, nuestra misión será adiestrarnos como silenciadores para que niños que han sufrido abusos, así como familiares y testigos no puedan ponerse en contacto con la policía. Y si fallamos en el intento, podremos usar el deus ex machina, un helicóptero, para abducir a los agentes. Se trata, en fin, de evitar el apresamiento de curas, manteniendo un código de silencio que afecte a las instituciones y la policía a la espera de que la prensa y la opinión pública vuelvan a mirar hacia otro lado.
Molleindustria, que cuenta con otros juegos igualmente didácticos, pretende con Operation: pedopriest que tomes conciencia de la insostenible situación en la que vive actualmente el clero. Y todo ello, sin que te cueste un euro y, lo que es mejor, sin que tengas que salir de casa. Es decir, sin riesgo a que te rompan el culo. Pruébalo si te parece.

18 octubre 2009

Tócala otra vez, Andrés

Andrés Montes me ha hecho pensar esta mañana en Berlusconi. Y es que, después de cinco años viviendo en Italia y de ocho viéndomelas con alumnos italianos, jamás he conocido a nadie que haya votado o haya hablado bien del salvaje tarado de Berlusconi. Y, ahí esta la cosa, tampoco he conocido a nadie que me hablara bien de Andrés Montes prácticamente en toda mi vida.

Sin embargo, las afinidades acaban ahí. En el último mes he conocido, last but not least, a dos personas a las que parecía un estupendo locutor. Y hoy, en los foros congregados en torno a la noticia de su muerte, he visto a miles de personas manifestar su pesar y su reconocimiento por este entrañable personaje, showman ingenioso y notable comentarista deportivo. Es más, me importa un carajo lo que piensen otros. El tempo y la alegría con que impregnaba sus elocuciones hacían de cualquier partido horroroso poco menos que una fiesta. Para mí este Ron Damón semicubano es un episodio de mi vida.

Canal Plus usó a Ramón Trecet y Antoni Daimiel para abrir, en los años 80, la NBA a nuestros intereses carpetovetónicos, y más adelante, para hacer de nuestra afición pura dependencia, sustituyó a Trecet por Andrés Montes. Luego, pasado un tiempo, convertidos ya en puros yonquis, seres insomnes hasta las tantas, la cadena empezó a abandonarnos al hacer de pago más y más retransmisiones de baloncesto americano. Pero ésta ya es otra historia, una sórdida historia de marketing conductista con la que nada tiene que ver este jugón de las ondas catódicas que, a la postre, terminó pasándose del Canal + de Sogecable a la Sexta de Televisa y Mediapro.

¿A ver quién va a llamar ahora a las cosas por su nombre? Aerolíneas Jordan, Wyatt Earp, Cocodrilo Dundee, el Cartero, el Ordenador, el Microondas, Cruela de Vil, el Almirante, Funkyman, Robin Hood, la Muralla china, la Pasión Turca, Chocolate Blanco...

¿Quién nos va a alertar de las asociaciones peligrosas? Los Carpantas, los Cómo me pica la nariz, los In the ghetto, los Chupa-chups, los Estopamix, los Gepetto brothers...

En fin, Mr. Catering, ET, Multiusos, Espartaco, la Intendencia, el Helicóptero, la Tanqueta, Mambrú, Mojo Picón o Ricky Business harán muy bien en pagarse una de pinchos de merluza en su nombre.

 

02 octubre 2009

¿Madrid, sede olímpica? No, gracias.


Ahora, con el pescado ya vendido, las imágenes se agolpan y los comentarios chirrían en el oído. Robotizados periodistas, cerebros de besugo con los esfínteres a punto de descontrolarse, al borde del infarto por los nervios, esperando el veredicto sobre algo que no hubiera pasado de noticia breve hace unos años. Experimentados charlatanes profesionales poniéndose estupendos sacando los trapos sucios de Brasil, Japón y Estados Unidos en esas tertulias que deberían erradicarse con lanzallamas y granadas. Políticos, zapaterillos, gallardones, el canciller de la república, la cólera de dios, astutos estrategas sin ideología que hacen digna a la perversa Cospedal diciendo tonterías no mensurables de vergüenza ajena, mendigando una patochada como si no hubiera un millón de cosas dignas de emprenderse. Deportistas inmensos como campos de fútbol, Induráin, Cacho, Domínguez, usados como muñecos, o dejándose usar. Gallardón y la Espe dándose la mano. Juan Carlos balbuciendo en inglés. En fin, imágenes. La primera página de los noticiarios y los periódicos no han mostrado otra cosa, no ha habido nada más en todo el día: el mundo, una vez más, vuelto un inmisericorde supermercado. Otra jodida sicosis colectiva.

Menos mal que ahora, cuando llego a mi casa, más que medio ebrio, ebrio entero, veo que la candidatura de Madrid se ha ido a la puta mierda y que Lula llora de alegría favorecido por tan insondable estupidez y por mediocridad tan impresionante. Que la gente vea al menos que con tanta pobreza mental no se puede contruir ninguna cosa.

14 septiembre 2009

Homo homini homo

Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit
Plauto (254-184 a.c.)

El martes pasado fui a perderme solo al recién inaugurado René Magritte Museum en el Mont des Arts. Hablar del valor de Magritte como pintor surrealista y figura poliédrica de la primera mitad del siglo XX no tiene aquí sentido, porque no soy quien ni este es el sitio, pero me impresionó una frase suya grabada en una pared. No la recuerdo literalmente, pero venía a decir que el progreso humano se había cimentado en el bien, o al menos en su búsqueda, lo que había permitido el vigoroso desarrollo del mal que él reconoce para su época, una idea que, alimentada en la lectura cotidiana del periódico, me viene acosando hace ya tiempo. Cuando, al salir del museo, entré en un bar a tomarme una cerveza y leer El País del día, esa idea se hizo aún más recurrente. Todo era de ir a mear y no echar gota.

Empecé por saber que se rearma Latinoamérica. Lo que es estupendo, porque gana Francia, que vende, y gana Brasil, que compra, y ganamos todos, porque así las importantes bolsas de crudo que se han descubierto en Brasil y que podrían atraer a desaprensivos no se quedan sin defensa. De este modo, el guardián de la Amazonia -Lula no churrasco en mi lecto- nos garantiza petróleo para un montón de años, y no menos dióxido de carbono, tan del gusto del mundo vegetal. Por cierto, que ni crisis ni hostias, el sector armamentístico sigue acumulando ganancias sin parar. Ahí están USA, Italia y Rusia -oro, plata y bronce, respectivamente, en la carrera filántrópica del presente curso armamentístico- para asegurar la capacidad de defensa de los pueblos de mundo. Tal es el espíritu de la democracia.

Del mismo modo hay que entender el apoyo internacional a Karzai: un apoyo pragmático a la pacificación del narcoestado afgano que se ennoblece en su capacidad de perdonar el magnifico pucherazo de su protegido en las recientes elecciones, al tiempo que Karzai, pastún sunní de probada nobleza y que no va a ser menos, promete dialogar con los taliban, gente sabia, lúcida y abierta, como todos sabemos. Vemos en ello que es nuestra capacidad para penetrar en la otredad lo que nos aúpa a la cima de la cresta evolutiva. Por ella podemos asumir y perdonar por qué Sudán condena a Lubna Hussein por llevar pantalones, aunque no lo entendamos de primeras. Los pantalones eran anchos, no es que fuera marcando mollete, pero eran pantalones, lo que contravenía la ley. Ella debía de saberlo. Es periodista. El tribunal de Jartum le ha impuesto una multa de 150 € -más de la mitad de la rpc anual en Sudán- y la ha condenado a 40 latigazos.

No debemos, en cualquier caso, atribuir este tipo de hechos al Tercer Mundo.

En Estados Unidos, grupos conservadores llaman a Obama bolchevique por alentar a los alumnos a cumplir con sus responsabilidades, lo que no es sino un obsceno intento de ideologizar las aulas que sitúa a don Barack a la altura de un pederasta.

En Italia, Berlusconi está triste. Los suspiros se escapan de la boca de este neosiffredi de biografía admirable con palitroque al servicio de su pueblo. Papi se siente injustamente tratado por la prensa comunista y seudocatólica -concretamente el 90%-. Por fortuna, la gran mayoría de los líderes políticos del mundo hablan con él y le dan ánimos y le visitan en su puticlub.

Y en Japón la promesa de Hatoyama de reducir emisiones contaminantes en un 25% para el 2020 no ha gustado un pijo a las grandes empresas. Hacerlo supondría, alegan, machacar la ya maltrecha economía nipona, lo que no es mentira en absoluto. Y además, de qué serviría esa menundencia dado el inminente apocalipsis del planeta a decir de Ban Ki-moon nada menos.

En la pell de brau, mientras tanto, los progres de ERC no tienen mejor cosa que hacer que andar buscando su independencia por cualquier resquicio. Más o menos lo mismo pero lo contrario que pasa con ese joven condenado por sustituir la bandera española por la republicana en un edificio oficial. Y es que resulta ya muy difícil distinguir al juez del delincuente. Lo vemos en Garzón, imputado por un delito de remover la mierda franquista, algo a todas luces de pésimo gusto, al tiempo que concejales del PP en A Coruña (¿dónde está eso?) se quejan de que el ayuntamiento ande retirando símbolos franquistas sin consultarle. También un concejal del PP se niega a que se retire en Granada una estatua de José Antonio. Y es que hurgar en las cloacas, a lo que es tan aficionado el superjuez, es de pésima educación y carece de otro fin que resetear el odio agazapado. Los herederos de Aznar saben muy bien, a qué negarlo, que las tendencias coprofágicas son aún más deplorables que otras filias (zoo, homo). De hecho, es este pulcro modo de proceder lo que explica la negativa de Rajoy a una investigación interna del caso Gürtel. Eso y que su think tank, afanado en suministrarle paridas diarias que difundir, perdería un tiempo precioso.

En fin, que de todo esto y mucho más -un guante de Michael Jackson de 34.000 €, por ejemplo- habla el periódico. Se cuestiona incluso lo que calla. Oliver Stone, en su férrea defensa de esa bestia política que es Chávez, arremete contra la prensa estadounidense y europea -en concreto El País-, acusándola de ser poco creíble. Y Carlos Fuentes, que come de El País, pide una prensa que cuente la verdad, que es lo que falta en América Latina.

Sin embargo, llegados a este punto (¿me pido otra cerveza?), poco importa ya si la información es veraz o verosímil, parcial o falsa, porque el mundo es un pluscuamperfecto estercolero. El Man to man is an arrant wolfe (homo homini lupus) de Hobbes está pidiendo a gritos una pequeña anotación, porque su idea del contrato social, que había de alejar al hombre de la guerra, su estado natural, parece a día de hoy que no ha valido una mierda. El lobisome de Hobbes se veía impelido por dos fuerzas: el placer, al que tendía, y la muerte, de la que huía. Ahí estaba el progreso si se aceptaba el contrato. Y el hombre renunció a su derecho natural a hacer la guerra.

No obstante, devenido homo homini homo, el hombre ha resultado más letal que su alter-ego cánido, porque no es sólo el hombre bueno de John Locke o Rousseau, que también, sino el uomo stupido de Carlo Cipolla. Buscar la paz a todo trance haciendo caso omiso de la razón profunda de aquellas guerras de la edad oscura, pactar con civilizaciones imposibles, hacer de la corrección medida de la polis, acatar la desigualdad y la injusticia, sonreír al enemigo, convivir con la sinrazón, mirar hacia otro lado, poner la otra mejilla... Todo ello dejó vía libre al lobisome en su afán desenfrenado por la anexión de territorios.

Nuestro mundo al borde del apocalipsis parece no entenderse de otro modo. Perseguir aquel sueño trajo esta pesadilla. El crepúsculo se despliega ante nuestros ojos de ratas sin agallas. Obsérvalo sentado.

01 septiembre 2009

Maiquel Yanso Foreva


Fatima, aquella señora de mediana inteligencia que me decía señorito y tan bien me cuidó el montón de años que viví en Marruecos, lo llamaba Maiquel Yanso (y que nadie se sorprenda, porque a Jesucristo lo llamaba Josecristo). Negra fantasiosa y estupenda cocinera, se las tuvo que ver muchísimas veces con Off the wall (1979), Thriller (1982) y hasta con el no suficientemente valorado Bad (1987), mientras yo andaba colocado tontamente toda la santa mañana a la espera de su kuskus, su pollo con limón o su tajine de chanquetes con tomate. Y sabía muy bien de qué hablaba y a quién se refería, doy aquí fe, aquella empedernida fumadora del peor tabaco negro. Que su dios la tenga en su gloria.

Me acuerdo especialmente de ella ahora, cuando tanto se habla, a todas horas, de Maiquel Yacson. Y es que yo no me entero de a quién carajo se refieren los millones de alienados ignorantes del planeta que lo mientan. No sé si se refieren a aquel negro que nos hacía sudar en los primerísimos 80 en la dancefloor de cualquier discoteca o a aquel otro infeliz desvencijado y a pedazos en su fuero interno que miraba la piel y la lenteja del Hollywood acabado y plano de su tiempo. ¿Estamos hablando del Camarón de Indiana, aquel mushasho que nos ponía a alucinar, Quincy Jones mediante, en coches inundados de humo de cannabis mientras mirábamos, bizcos, el ocaso desde Isla Calavera, o es ese cadáver hiperrefrigerado y recurrente de los telediarios que ha sobrevivido a este verano tórrido y al que no se termina de enterrar de una puta vez el que suscita tanto comentario? ¿De quién hablamos? ¿Se está pensando en aquel atleta del ritmo y la cadencia, excepcional cantante y alucinante bailarín, que murió a mediados de los 80 o en ese otro lamentable y mediático artista ACOP (adult & children oriented pop) devorado fatalmente por los calmantes, los apaños y los traumas y, a la postre, emparentado con los faraones?

En fin, me da igual. Cada cual a su pedo. De sobras sé yo quién es Maiquel Yanso.


01 abril 2009

Acotando el mundo (sobreentendidos)


Elvira Lindo, cada día menos y menos inspirada, firma hoy en El País un inocuo qué bien-qué mal que existan los sobreentendidos con la intención de defender la corrección política -aun a pesar de reconocerle una obvia inadecuación lingüística- de Rodríguez Ibarra, quien, hace unos días en Onda Cero, se ha dejado decir que a Zapatero bien le valdría dejarse de gobiernos de mujeres, viejos y niños, acotaciones lastrantes ab initio, y pertrecharse de gente lúcida.

Así, hecha la salvedad de su poco respeto por las coordenadas pragmáticas del lenguaje, y tras explicar que lo que quería significar el inefable Ibarra era la necesidad de lucidez de que adolece la clase política, pero no denostar a esos históricamente sufridos vectores de la sociedad española, concluye (¿?) la Sra. de Muñoz que, a fin de cuentas, el presidente Rodríguez, nuestro Zapatero, no es ni niño ni viejo ni mujer -que se sepa, claro, que con Pedrojota ya tuvimos una sorpresa-.

Pero... ¿no es lo mismo una cosa que otra? Si adoptar esos clichés hechos de plástico e insensatez para configurar el gobierno de una nación nos depara lindezas del calibre de la Aído, la anodina joven miembra, o del anciano demiurgo Solbes, ¿a qué no nos va a conducir acotar todo el panorama político español a ¡¡Rajoy y Zapatero!!? Basta dirigir la mirada hacia el paisaje que se dibuja ante nosotros con la inminente reunión del G-20 para hacerse uno una idea. Y si no se me entiende, ya lo explica un impostado y acartonado Zapatillas.

Obsérvense, si no, las superesposas de los superhéroes del G-20: Sonsoles, Michelle, Margarita, Sarah, Laureen... Con qué solvencia alternarán con principes y reinas, con qué disimulo malsano escudriñarán los modelazos, diseñados para la ocasión, de sus homólogas, cuánto savoir-faire desparramado mientras lo mismo hablan de zapatos que de oenegés, cuánta sobriedad en medio de saraos y cenas exquisitas (Jamie Oliver a los fogones, por dio$$$$$$), qué derroche de elegancia y humanidad purificando el aire del centro oncológico de turno... Y todo ello al mismo tiempo que sus supermaridos, con el universo congelado en el número 20, andarán, en una hazaña digna de Ediciones Marvel, salvando el planeta, un planeta capitalista donde el capitalismo no es el problema; un planeta que hay que salvar con su capitalismo, porque, si no, la historia nunca se lo perdonaría -Sarko, cegado por la megalomanía, dixit-. No sé si se me sobreentiende...

Parece absolutamente necesaria una revolución que acabe con este nuevo Antiguo Régimen y dé pasaporte a esta casta de políticos contemporáneos que perpetúa sus arbitrariedades e injusticias.