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21 marzo 2013

Doscientas veintinueve mil razones para tomar la calle


España. Marzo de 2013. La primavera viene cargada de regalos. Entre ellos, uno de 229.000 euros. Quien los recibe es Jesús Sepúlveda, histórico del aparato del PP imputado en la trama Gürtel, uno de los casos de corrupción política más importantes de la España contemporánea.

Doscientos veintinueve mil eurazos por despido improcedente para el marido de la patosa ministra de Sanidad Ana Mato -también beneficiada por la Gürtel-, un delincuente, frío y nauseabundo, que, tras su imputación, se vio forzado a dimitir allá por 2009, pero continuó ejerciendo como asesor en su partido hasta enero pasado, cuando fue cesado por sus jefes, metidos también en mierda hasta las cejas.

Doscientos veintinueve mil eurazos de despido, que conceden quienes racanean con tratamientos oncológicos para enfermos terminales y no impiden que ancianos o niños acaben en la puta calle, que contrastan de forma hiriente y dolorosa con las indemnizaciones de 20-30 días por año trabajado del homo vulgaris.

Si no son éstas doscientas veintinueve mil razones para devolverles el regalo, para tomar la calle masivamente y derribar, no ya al gobierno, sino al parlamento entero -culpable de ejercicio doloso por acción u omisión-, es que tú eres lo que eres, somos lo que somos, y ellos lo saben perfectamente. Siempre lo han sabido.

16 octubre 2012

Italianos: infringir las reglas, ignorar a quien las viola


En la parada del autobús las personas van acumulándose sin estrés aparente. Cuando llega por fin, con un retraso de 35 minutos, mientras todos se precipitan hacia la única puerta de salida para encontrar asiento, los que salen lo hacen, no menos presurosos, por las dos puertas de entrada. Tampoco los encontronazos y embotellamientos dan la impresión de molestar demasiado a nadie. Ni siquiera a aquellos que se muestran respetuosos de las normas. Después de todo, lo realmente humillante es sentirse sometido a la disciplina de las colas. En el supermercado. En el cine. En la panadería... Sólo la astucia y la indiferencia garantizan el éxito: si no eres lo bastante listo, pasarás horas esperando tu turno.

Desde las bocacalles, coches y motos irrumpen amenazantes ante la apática mirada de unos peatones, invisibles y hostigados hasta la náusea, que no se sienten, no obstante, miserables. Tampoco se está tan mal viendo pasar la vida a la altura de un paso de cebra. Y eso si se camina, porque si se conduce, la perspectiva es todavía más alegre y darwiniana. Tras los cristales tintados, el cittadino alfa tratará de imponerse a pusilánimes y normativistas en su mundo feliz. Las aceras, los pasos de peatones y las zonas reservadas son de su uso exclusivo dei gratia (sólo los epsilones dan vueltas y vueltas a la manzana buscando aparcamiento). No existen los carriles. No hay semáforos. No hay límites de velocidad. E importa poco si hay charcos, negros e inmundos, y salpican. Ci proviamo. La vida es un videojuego y las reglas son simples: basta con colarse por cualquier resquicio. El sonido de un claxon significará que no hay que ralentizarse sólo porque aparezca un ceda el paso. Y coglioni que eres un perfecto gilipollas por pararte delante de un stop.

Ostras, champán, coches, putas y cocaína. Vidas de lujo costeadas con dinero público por parte de políticos de toda condición ideológica y posición jerárquica. Empresas modernísimas de telefonía y energías ecológicas personificadas en jóvenes operadores hastiados de la vida que se pasan por el forro las promesas publicitarias y torean en línea al cliente. En la pescadería del supermercado, 36 euros el kilo de pez espada, putrefacto pero de muy buen ver -químicamente maquillado-, aprovechando que la gente no entiende una mierda de pescado. Canciones de San Remo y Chuck Norris pasada la medianoche en el home cinema del vecino. Portazos por el hueco de la escalera. Tacones de aguja por el techo. Golpes y gritos cada vez que hay fútbol.

Cuando cruzas la calle, entre latas, papeles, plásticos, colillas y cacas de perro, con bolsas de basura de diversos colores en la mano, tratas de ignorar las miradas burlonas de un vecindario que lo echa todo en el contenedor más cercano a la puerta de casa y te preguntas por qué los italianos son tan extremadamente individualistas y manifiestan tan poco interés y respeto por los demás y por el bien común. Una falta recalcitrante de compromiso cívico que ellos mismos reconocen, según una encuesta de La Repubblica, como su primer defecto -la indiferencia y el individualismo son el segundo y el tercero, respectivamente-.

El pasado 8 de septiembre, Giovanni Belardelli, en un artículo aparecido sólo en la versión en papel del Corriere della Sera, lanzaba una curiosa reflexión sobre este grave problema de que adolece Italia y que supone, strictu senso, un acto de agresión flagrante del fuerte sobre el débil bendecido no sólo por quien infringe la ley, sino, también, por quien se muestra indiferente hacia su cumplimiento. Lo copio traducido a continuación.


Indifferenti verso chi viola le regole 
Giovanni Belardelli
Corriere della Sera, pág. 58 (8/10/2012)


El episodio de los trabajos "inflados" de L'Aquila (Corriere, 6 de septiembre) suscita preguntas esenciales sobre qué es o en qué se está convirtiendo nuestro país. Éstos son los hechos: a raíz de un control de la Guardia di Finanza se ha comprobado que en la capital de los Abruzos algunos propietarios de casas se habrían puesto de acuerdo con una empresa para declarar trabajos no realizados (la reparación completa del techo en lugar de una reforma parcial, la instalación de unos andamios que en realidad no se llevó a cabo, etc.) obteniendo así un mayor reembolso por parte del estado. Lo que diferencia este episodio del "típico" escándalo que sucede a un terremoto es la dimensión de la estafa: de 73 expedientes examinados, más de un tercio contendría datos intencionadamente falsos. Incluso considerándolo una muestra no representativa de toda la reconstrucción de L'Aquila, se trata de un porcentaje muy elevado, lo que lleva a preguntarse si y en qué medida la propensión a no respetar las leyes no forma ya parte de la cultura de un sector considerable del país.

Hace algunos años un jurista, Sabino Cassese, observó que la distinción entre lícito e ilícito había sido sustituida en Italia "por escalas de deberes más complejas, según las cuales un comportamiento puede ser obligatorio, recomendado, permitido, censurable, prohibido" (Lo Stato introvabile, Donzelli). En definitiva, como si en la cuna del derecho (escrito) hubiera tomado cuerpo una singularísima forma de common law en virtud de la cual muchos pudieran decidir si una cierta norma o ley puede ser tranquilamente ignorada. Además, ¿no hay tal vez una idea así tras extendidísimos comportamientos como la alta evasión fiscal o la falta de respeto a los límites del "ladrillo" que ha provocado la destrucción del paisaje italiano denunciada, hace poco, por Ernesto Galli della Loggia en este periódico?

La estafa aquilana, cuantitativamente limitada (al menos por el momento) en sus dimensiones, nos devuelve así al viejo tema de la escasa cultura cívica de los italianos, sobre la que circulan hace mucho explicaciones que parecen hechas aposta para ahorrarnos la molestia de ajustar cuentas con el problema. Es inútil, por ejemplo, mencionar una vez más el "familismo amoral" utilizado hace sesenta años por Edward Banfield. El estudioso americano hacía referencia a un pequeño y pobrísimo pueblo de Basilicata, por lo que la falta de cultura cívica que definía con dicha expresión era el producto de un retraso ancestral. El "familismo amoral" de hoy es, a lo sumo, producto (uno de los daños colaterales, podríamos decir) del modo en que tuvo lugar, desde los años 60 en adelante, la gran transformación de la sociedad italiana vinculada a la llegada del bienestar: una transformación que sacude estructuras culturales, valores, criterios de comportamiento vinculados al pasado sin lograr en muchos casos sustituirlos de forma eficaz. Italia, se ha dicho mil veces, habría sufrido la falta de una Reforma protestante. Es posible. Pero en los últimos decenios ha sufrido sin duda los efectos de una acelerada secularización que ha contribuido a minar, en sectores importantes de la sociedad, la distinción entre lo que es lícito y lo que no lo es que se basaba en la tradición católica (y es difícil pensar que los cursos regulares que se siguen en las escuelas puedan tener la misma inmediata fuerza impositiva que los Diez Mandamientos). Poco útil es, asimismo, la explicación que, en años recientes, ha asociado nuestro déficit en cultura cívica con Berlusconi como principal responsable. En efecto, no sólo estamos hablando de fenómenos que preceden la aparición en escena del Cavaliere. También hay que decir que, una vez reconocido cómo la cultura profunda del país se caracteriza por una tendencia generalizada a no respetar las leyes o no pagar los impuestos, parece absurdo sostener —como tantas veces en la polémica antiberlusconiana se ha hecho— que quien hubiera votado contra Berlusconi habría salido inmune de todo ello. Como ingeniosamente declaró en cierta ocasión un representante del PD, el honorable Letta, es ridículo afirmar que las personas honestas están en la izquierda, y que en la derecha se encontrarían todos los que "aparcan en doble fila".

Entre las falsas explicaciones de la falta de cultura cívica de la nación, la más inútil, cuando no la más perjudicial, es la propagada por el Movimento 5 Stelle y, en general, por la actual tendencia antipolítica. No es que no estén justificadísimas las críticas a nuestra clase política y a la resistencia que manifiesta ante cualquier mínima reducción de los privilegios de que goza, pero episodios como los de L'Aquila vienen a confirmar que la idea de una sociedad civil sana contrapuesta a un mundo político cada vez más corrompido no se corresponde con la realidad. Contrariamente, semejante idea termina por ocultar en este punto la probable necesidad de un examen de conciencia general, en una nación que durante demasiado tiempo ha permitido que normas y leyes pudieran ser sorteadas o infringidas, a veces con la aprobación, a menudo con la indiferencia de demasiados de nosotros.

 

 

19 enero 2012

Estallido social inminente (o no)


Un matrimonio italiano que, harto de miserias y de pedir ayuda, echa el cerrojo en la ciudad de Bari, tras dejar una nota explicativa: "Leeréis en los periódicos con cuánta dignidad saben morir dos ciudadanos asqueados de la hipocresía y de vosotros, los políticos." Padres griegos que, ahogados en un mar insolvente de tristeza -Grecia tiene la tasa de suicidios más alta de Europa-, optan por abandonar a sus hijos por calles, escuelas o gasolineras como mascotas en verano. En España, un electricista de Hospitalet en paro, pendiente de juicio por ocupación ilegal y depresivo, que, tras ser echado a la calle con mujer e hijo, decide ahorcarse en un parque a la vista de todos. Una anciana madrileña de 84 años, con cáncer y al cuidado de un hijo discapacitado de 55 años, a la que desahucian mientras está ingresada en el hospital. Menores de 25 trabajando por 400 euros al mes en condiciones laborales incomprensibles sólo dos años atrás. Jóvenes investigadores que pierden sus ayudas económicas en mitad de sus tesis...

Políticos que recortan derechos y reajustan vidas ajenas hasta asfixiarlas que se embolsan, como Rajoy (550.000 euros anuales) o Cospedal (280.000), cuantiosas sumas de dinero. Plusmarquistas del pluriempleo como la presidenta de la Diputación de León o el alcalde de El Barco de Ávila, que cobran de 12 y 13 cargos públicos respectivamente. Banqueros como Rodrigo Rato, que en 2011 se metió en la talega 2.340.000 euros, ajeno al hecho de que Bankia, la entidad bancaria que preside, ha recibido 4.465 millones de euros de fondos públicos, esto es, del dinero de la gente. Empresarios corruptos amparados por la justicia. Clérigos fariseos -muchos de ellos experimentados pederastas- ejerciendo de martillo de herejes contra los excluidos. Miembros de la realeza como Cristina de Borbón, enriquecida a costa de expoliar a sus súbditos...

No son estas más que unas pocas muestras, tomadas al azar, de la cara y la cruz de una sociedad arbitraria y humillante en la que millones de parias han sido abandonados a una reforma laboral, auspiciada por gobiernos y empresarios, que arrasa a su paso derechos seculares, logrados muchas veces con sangre, cuya desaparición convierte al individuo en una mercancía barata y dibuja un paisaje explosivo. El Antiguo Régimen, caracterizado por una profunda fractura social, parece mantener su vigor en pleno siglo XXI: siervos y nobles, desde el rey a los concejales de un pequeño pueblo, componen un modelo sociopolítico irrecuperable que ha llegado a un punto de no retorno cuya salida no puede ser otra que su radical liquidación.


Millones de zombis vagando desnortados entre la injusticia y la falta de representatividad conforman un panorama preapocalíptico -peor que el anterior, mejor que el que viene- que alberga en su interior una bomba social que, incomprensiblemente, no termina de explotar, lo que constituye una realidad sorprendente para la que se han apuntado diferentes razones. Desde el miedo a que te señalen con el dedo al individualismo que deriva de la deificación del consumismo, pasando por el rechazo a admitir que el estado del bienestar no es más que historia, la dócil aceptación de los hechos como inevitables, la desconfianza en la rentabilidad de las protestas, el recelo hacia partidos y sindicatos o el constructo que suministra una prensa políticamente correcta, sin compromiso ideológico y de pensamiento único. Se ha llegado a decir, incluso, que la falta de un sentimiento de adscripción a una clase -en relación con la sustitución del binomio patrón/obrero por el de izquierda/derecha que ha tenido lugar en época reciente- podría contribuir a retrasar el momento de la detonación.

Sin embargo, nada es para siempre. Y ahora que las familias, colchón habitual de las penurias de los jóvenes, se ven empobrecidas y las ayudas al desempleo se baten en franca retirada, la evolución hacia un escenario de insubordinación civil y violencia gana enteros cada día que pasa. Que la nobleza no lo vea ni haga nada por evitarlo, tal vez se explique por su ceguera mental o por un musculoso sentimiento de seguridad en sí misma. De momento, tal como recoge el BOE del 31 de diciembre, el gobierno de Rajoy se ha gastado 1,5 millones de euros en gases lacrimógenos. Sea como fuere, si son tiempos convulsos, parece que habrán de serlo para todos. Ha quedado definitivamente atrás el tiempo en que el descontento servía solo para inspirar presentaciones en powerpoint con las que castigábamos a los amigos vía email. Hoy, la posibilidad de un estallido social está más cerca que nunca de convertirse en una realidad nada virtual.


30 noviembre 2011

Un nuevo yerno para el rey Juan Carlos


Excmo. Sr.

le ruego me perdone la osadía de dirigirme a S.M. sin pasar por el Jefe de la Casa Real, pero entiendo que es lo más conveniente, dada la naturaleza del asunto que me trae y que de inmediato paso a comentarle.

Siendo tantísimos los casos conocidos en la historia reciente de tercos delincuentes que se pasean impunes por ahí con los bolsillos llenos, y que, aun así, no son sino unas pocas gotas en la mar oceana, no se atisban en el horizonte señales de que la Justicia de este país vaya a empezar a funcionar con eficacia a corto plazo. Y eso es hasta tal punto cierto, que el proceso que parece conducir inequívocamente a que S.A. el Duque de Palma se siente en el banquillo, bien podría quedar en nada, como es mi deseo, poniéndose así fin a la aflicción que a S.M. enoja y acongoja en estos días. Sin embargo, son tales la enjundia de las tropelías que ha perpetrado el Sr. Urdangarín y la evidencia que hay de ellas, que podría ocurrir que acabaran pasándole factura no ya a él, sino a toda la Casa RealImagino es Usted consciente de ello. Un delito de tal envergadura no sólo da alas a quienes siempre han querido erradicar la monarquía de la faz de la Tierra, sino que comprometería muy seriamente a S.M., habida cuenta de que sus haberes y movimientos son, cuando menos, tan oscuros como los de su yerno favorito, pero muchísimo más injustificables, si cabe. 

En ese sentido, estimo legítimo y muy acertado que requiriera su presencia en la Zarzuela al objeto de reprenderlo y obligarle a exculpar a su hija, S.A. la Princesa Cristina, de suerte que la culpa recaiga sobre él. Sabido que, salvo S.M., cualquiera puede ser juzgado, no es un dato trivial que ella, en tanto que vocal en la junta directiva del Instituto Nóos y secretaria del consejo de administración de Aizoon, tendría bastantes papeletas para verse imputada y acabar en la cárcel. Además, el espectacular patrimonio acumulado en poco tiempo lo es tanto de ella como de su marido. ¡Qué harían entonces los pobres nietos de S.M. con los padres en el trullo, dado que, a pesar de aparecer ya algunos de ellos como accionistas de la sociedad Namaste 97, no están en edad ni de vivir entre rejas ni de administrar cuentas corrientes!

En fin, de sobras sé que no hay necesidad de imaginar escenarios tan lúgubres. Con una corrupción tan bien sedimentada como la nuestra, probablemente todo quedará en nada y podrá S.M. volver a su regia hoja de ruta. Ojalá. Ahí están Mario Conde, Francisco Camps, Alfredo Sáenz y tantos otros. Sin embargo, Dios no lo quiera, si el Sr. Urdangarín acabara en la cárcel y S.M. decidiera degradarlo de familia real a familia del rey y forzarle el divorcio, permítame el atrevimiento de recomendarle como sustituto, y es este el verdadero leitmotiv de mi escrito, a quien en 1992 solicitara la mano de su hija, sabiendo retirarse decorosamente tras admitir su derrota frente a las habilidades de S.A. el Duque de Palma. No sé si se acuerda de AlbertPla, un ser excepcional cuya firme candidatura quiero aquí defender. La carta que a S.M. dirigió entonces el sr. Pla es hoy cima de la literatura epistolar e hito de la cultura hispánica, pero, sobre todo, muestra viva de acatamiento a la Corona, como puede ver y oír a continuación.

Pista 03 by Albert pla on Grooveshark
Mi Majestad,

espero no ofenderlo ni irritarlo, Majestad,
pero mi deseo es casarme con su hijita, Majestad.
Quizás sea una osadía pedir la mano de su hija
y no me creáis oportunista ni un playboy, mi Majestad.
No pretendo enriquecerme ni quiero palacios
ni pajes ni yates
ni quiero ser duque o tener chambelanes,
no deseo aprovecharme ni robarle nada,
es cuestión de amor.

Que estoy loco de amor por la princesa, Majestad,
entiéndalo, Rey mío, por favor, compréndalo.
Aunque sea soberano, supongo que será humano,
como el resto de sus siervos también tendrá sentimientos.

Yo sé que vos realmente también os cagáis
y folláis y sudáis como yo, esto es real,
así que présteme un poquito de atención,
le hablaré francamente frente a frente, Majestad.

Quizá yo no sea el yerno que soñó, mi Majestad,
nunca tuve dinero ni soy conde o caballero,
no llego ni a hidalgo, ciudadano raso,
mi estirpe no es noble pero mi nobleza
me obliga a decirle la verdad.

Sería mentirle si digo que tengo respeto por la monarquía,
siempre me he cagao en las dinastías

y en las patrias putas, las banderas sucias,
los reinos de mierda y en la sangre azul.

Mi Majestad,

ahora es el real decreto del corazón, mi Majestad,
que me arrastre y que reniegue por amor, mi Majestad,
pues si la fe mueve montañas, el amor remueve el alma,
y hasta el ser más consecuente ante el amor pierde su honor.

Yo por amor soy capaz de mandar a la mierda
mis firmes principios de republicano,
cambio de camisa y rindo pleitesía a la monarquía,
¡que viva el amor!
que me convirtió en su esbirro, Majestad.

Solo pensar que quisierais ser mi suegro, Majestad,
yo ya le adoro, ya le adulo y hasta le beso en el culo,
le prometo ser bueno, un digno yerno, Majestad.

Si me caso, me transformo como en ese cuento
aquel sapo que por un beso se convirtió en príncipe encantado,
y así por un beso de su princesita
también yo me vuelvo en to lo que usted quiera.

Seré su súbdito amado, su sumiso esclavo,
su obediente criado, su subordinado y devoto lacayo.
Le juro ante dios y ante el cielo y la Biblia
¡que viva el Rey!


Savia nueva para la monarquía
Le ruego, en suma, Majestad, contemple la posibilidad de acoger a Albert entre los suyos, porque un grandísimo esfuerzo no merece sino equivalente recompensa. Y digo más: siendo su deseo de entroncar con los Borbones tan hondo y sincero, y tan grande, al mismo tiempo, la necesidad de la monarquía de nuevos súbditos, bien podría igualmente casarlo con S.A. la Princesa Elena, si, finalmente, su hija pequeña termina, perdone la expresión, pudriéndose en la cárcel. A fin de cuentas, visto lo visto, sea sustituyendo a Urdangarín o a Marichalar, no puede S.M. sino salir ganando. Vea, si lo tiene a bien, el vídeo que le adjunto a continuación y dígame si no estoy en lo cierto.

En fin, no le canso más, Majestad. Sin otro particular, y en el deseo de poder ver cumplidas mis expectativas, quedo a su entera disposición.
Su humilde súbdito.

09 marzo 2011

Políticos corruptos y esperanza de vida (killing me softly)


Gracias a dios mira cómo estoy: de puta madre
Belén Esteban


Escribo probablemente desde mis últimos momentos. Quién sabe si será cuestión de días. Así está la cosa y no creo que haga falta dar muchas explicaciones.

Si se echa un vistazo a la mayor parte de las páginas de este Mundo Narcótico, se verá cómo el pesimismo y la infelicidad que de él se deriva, o viceversa, impregnan casi siempre el punto de vista, por mucho que se camufle en el sarcasmo, la musicalidad o la retórica. Ed Diener, destacado exponente de la Psicología Positiva, cree demostrado que la infelicidad acorta la vida. Más aún, incluso, que la obesidad, que es cosa probada. Y la cuestión no es trivial. Sus extensas investigaciones, basadas tanto en la sesuda observación como en pruebas experimentales con personas y animales, han arrojado sorprendentes conclusiones que corroboran lo que el sentido común ya nos anunciaba de antiguo. Así, animales sometidos a estrés por hacinamiento ven mermadas su capacidad inmunológica y, por ende, su longevidad frente a los que viven en clave optimista gracias a una existencia no estresante. Y la misma conclusión se extrae de la observación a lo largo de 40 años de 5.000 estudiantes: los pesimistas tienden a morir antes. En fin, un hallazgo sorprendente hasta para el propio Diener: cuanto menos feliz seas, menos vivirás, por mucho brócoli y zanahorias que comas.

Diener, también conocido como Dr. Happiness, pone de manifiesto que las políticas sanitarias de nuestros gobiernos, que apuntan a combatir el tabaquismo, la mala alimentación, el sedentarismo o la obesidad, harían bien en incluir entre sus objetivos el de evitar el enfado crónico y la depresión del ciudadano, es decir, el de ser feliz. La lectura es fácil de entender. Lo que ya no lo parece tanto es poder sacar partido a semejante evidencia. El individuo, desdichado, por mucho empeño que ponga en capear el temporal con buena cara, e inmerso en una sociedad estresante y hostil como la nuestra, poco podrá hacer por evitarlo.


Elisa de la Nuez escribió hace unos días La fractura entre política y ciudadanos. Con prosa clara y serena y una argumentación previsible pero demoledora, radiografía la fractura existente entre un individuo enfurruñado y frustado y una clase política, ineficaz y corrupta, habitante de una dimensión diferente donde rigen leyes exclusivas, que ni le escucha ni le representa. Volviendo a Diener, el individuo, así impelido a la infelicidad, se hundirá en un mar de pesimismo en el que, sin oxígeno, terminará convertido en un muerto viviente, para pasar, en poco tiempo, a la categoría de muerto prematuro. Y si las tormentas políticas que nos azotan de continuo arrastran estos lodos en el plano personal, en la esfera social, como alerta de la Nuez, podrían surgir líderes peligrosos que sustituyeran a esta casta inoperante, ciega y sorda, de políticos de mierda.

En fin, si no fuera porque ya no confío ni en los jueces, pondría una denuncia contra el estado por maltrato permanente y lesiones con posible resultado de muerte -en mi caso, la mía-. O me apuntaría a los tibios movimientos de insubordinación que van surgiendo: nolesvotes, avaaz, indignaos... Pero no puedo. De tanta frustración, no creo que me quede ya tiempo más que para morirme.

24 febrero 2011

Gaddafi y sus amigos




El coronel no tiene quien le escriba. Y parece no haber vuelta atrás. De nada le han servido sus importantes y renombradas amistades. Amistades ancladas, o al menos eso parecía, en fuertes lazos de cercanía y afecto, de esos que sólo el tiempo es capaz de forjar. A día de hoy, sus amigos le están abandonando. Se le van los ministros. Y es que ya se sabe: el peor testigo, el que fue tu amigo.

En qué quedaron, estará preguntándose en su laberinto el pobre beduino, tantos buenos momentos compartidos con amigos. Su esfuerzo por ganárselos. Su afán por agradarles. De qué ha servido su escenografía impresionante de jaimas, espectaculares modelazos, chutes de bótox, lupas macarras y exóticas guardaespaldas armadas hasta los dientes y siempre disponibles por si el calor aprieta o arrecia el frío.

Pobre Gaddafi y pobres también, no obstante, esos amigos que a buen seguro se sentirán decepcionados porque, de alguna manera, el
Líder de la Revolución les ha fallado. Colegas que, en pleno trance de asimilar el duro revés, no dejan de preguntarse cómo no supieron ver, aun a pesar de los fantásticos servicios de inteligencia con que cuentan, la clase de persona que tenían por amigo. Y es que lo que aquí se pinta, en su expresión más simple, no es otra cosa que un desconsolador paisaje de amistades rotas del que, por lo trascendente de las personas implicadas, queremos dejar constancia y que conviene no olvidar.
Gaddafi
siempre supo mostrarse muy versátil en el modo de relacionarse con su mundo cercano de paisanos beduinos, socialistas sui generis, musulmanes y árabes, haciendo caso omiso de farragosas cuestiones morales, religiosas o ideológicas cuando fue necesario. En él siempre se podía encontrar un apretón de manos, un apoyo, un guiño... de camarada, de socio, de colega, aunque ahora la misma Liga Árabe, cuya presidencia detenta Libia este año, haya decidido impedirle participar en sus reuniones.

Con Zide el Abidine Ben-Ali, compartiendo intereses y experiencias como represores de insurrecciones y amasadores de fortuna.

Luciendo camisa africanista con Meles Zenawi, guerillero marxista y expresidente liberal de Etiopía, y Abdelaziz Bouteflika, malversador de fondos, político todo terreno y hoy presidente de Argelia.

Reluciente y omnímodo, en su versión drag queen, al lado del supermillonario Mubarak, también abandonado por sus amistades.

Posando, carismático, con Bouteflika, Mahmoud el-Abbas, fundador de Al-Fatah y presidente ilegítimo de la ANP desde 2009, y el teniente general al-Bashir, presidente de Sudán y dictador islamista acusado de crímenes de guerra en la región de Darfur.

Gaddafi escucha a Bashar Al Assad, oftalmólogo devenido militar de carrera fulgurante y heredero de la presidencia de Siria, considerado por los EE.UU. y la UE un valor democrático, aunque la procesión vaya por dentro (de Siria).

Por su carisma como líder y por su talante democrático y abierto, Gaddafi fue igualmente reconocido por sus condescendientes vecinos del norte, que vieron en él un puente con el mundo musulmán y supieron perdonarle sus coqueteos con el terrorismo de estado. Sin embargo, ahora, en estos días de convulsión que azotan al Maghreb, la UE ha decidido, todavía con reticencias, imponer sanciones a Libia y suspender cualquier negociación bilateral, al tiempo que Catherine Ashton pide a los libios contención.

Saludando a Durao Barroso, joven maoísta que se hizo de derechas para terminar dirigiendo la Comisión Europea y hacer de maestro de ceremonias en la Cumbre de las Azores.

Berlusconi y Gaddafi han mantenido una estrechísima relación a lo largo de los años repleta de momentos felices y fructíferos. En 2.008, además, Italia y Libia firman un Tratado de Amistad. Anteayer por la tarde, ambos hablaron por teléfono y Berlusconi pidió a su amigo el cese inmediato de la violencia. No sirvió de mucho.

Blair y Gaddafi simbolizando en su apretón de manos la importancia del perdón y la amnesia: Lockerbie nunca existió. Aunque Mustapha Abdeljalil, exministro de justicia de Libia, insiste en que Gaddafi dio personalmente la orden de llevar a cabo el atentado.

Gratos momentos. Ir de la mano de Sarkozy es como tocar a Carla Bruni: sólo para elegidos.

Sellando su amistad en un cálido saludo. Chirac pone la grandeur, Gaddafi su elegancia natural.

Mirando con admiración a Putin, el político con mano de hierro que asusta a los periodistas. Ambos junto con Berlusconi formaron una terna de compadres que se entendía sólo con mirarse.

El socialista portugués Jose Socrates es recibido con un abrazo en la sencilla jaima.

En España también se supo ver lo bueno de Gaddafi y se le perdonaron sus pequeños deslices y sus tics a la hora de gobernar en su largo mandato de 42 años. A fin de cuentas, la Alianza de Civilizaciones es eso, y nuestros políticos le han obsequiado con su apoyo y reconocimiento, compartiendo con él no pocos momentos agradables. Hoy, sin embargo, el gobierno ha decidido suspender la venta de armas a Libia.

Entrañable charla entre dos hombres de talante. Zapatero es feliz. Su cara refleja la consecución de un sueño: mi Alianza de Civilizaciones está por encima de todo.

De tertulia con Berlusconi, otro amigo de sus amigos y el hombre más rico de Italia, y Moratinos, el hipersensible ministro de Zp. Obsérvense los kleenex sobre el taifor. Gaddafi no deja nada al azar.
-Carpe diem. -Pues tú más. Gaddafi también está entre el amplio elenco de amigos de la hedonista Casa Real española.

Incluso Aznar, huraño presidente de la FAES, azote de ecologistas y partidario de bombardear un Irak aun sin armas, es capaz de sentarse y sonreir sinceramente en compañía del hermano Muammar.

Parece, pues, increíble que Gaddafi, quien gozara de una nómina tan variada de amigos importantes, se encuentre hoy prácticamente solo frente al mundo rodeado de un ejercito de mercenarios, cuando hasta en América, de norte a sur, fue respetado y celebrado.

Obama, premio Nobel de la Paz, presenta sus credenciales a Gaddafi. En estos días, contrariamente, amenaza con serias medidas contra Libia.

Tras lustros de una relación imposible, el satánico régimen libio apareció de pronto rehabilitado a los ojos de la administración americana. En la foto, Hillary Clinton con un hijo de Gaddafi en 2009. Tras los últimos acontecimientos, la situación se ha invertido: el régimen vuelve a resultar inaceptable.

Gaddafi parecía haber hecho los deberes. Bush le tendió la mano y Leezza le visitó en 2008 en Libia. El coronel fue muy generoso con ella.

Compañeros de socialismo y rebelión, el coronel Gaddafi y el Chávez sonríen felices con las espaldas bien cubiertas por la guardia amazónica.

Con Daniel Ortega y Fidel Castro, tomando el pulso al marxismo americano.

En fin, Gaddafi fue incluso capaz de bajar a las mismísimas puertas del infierno buscando la amistad. Pensemos, por ejemplo, en Yoweri Museveni, dictador ugandés desde 1986, o en Robert Mugabe, presidente de Zimbabwe desde 1987. ¿Y cómo se le paga...? Quédense con la idea: el peor testigo, el que fue tu amigo.