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07 junio 2013

Mi fracaso personal


Palomo cojo -versión auténtica-.
 Padre, te he fallado.

Siempre quise ser provinciano, buen cristiano y heterosexual. ¡Y ya ves! Viviendo en el extranjero, maricón perdido y no muy católico. Es ésta la esencia de mi fracaso personal, que hoy te confieso, mientras el gobierno de España, el tuyo, cuestiona que el resto de Europa sea el extranjero, le importe una mierda mi salud, y me restriegue, por mucho que los españoles sean los más tolerantes, mi condición sexual.

¡Como si en el castigo no fuera la penitencia!


P.S. Piensa, al menos, que no has tenido que verme morir -vivimos los dos-, no me he metido en una estación o en un instituto de secundaría a disparar indiscriminadamente a quienes no tienen culpa de nada, ni tienes que soportarme oyendo todo el día a los Pixies o a Nine Inch Nails encerrado en mi cuerto. Las cosas podrían ser peor.



09 julio 2012

Mondo Cane: un día de perros

A El que apaga la luz, Cecilio (que le salvó
la vida), Dylan (a quien yo se la perdono) 
y Pío IX (al que no tengo el gusto de conocer)


En Mondo Cane, donde rige la ley del hombre blanco, cuando por la mañana te echas a la calle, lo haces ya con la razón incendiada por las conversaciones que has tenido que soportar antes de levantarte de la cama. Mucho antes siquiera de haber llegado a entrever a través de la cortina un destello de luz. Los hechos se encadenan de forma natural: empieza uno en el edificio de enfrente, otro da acuse de recibo desde el jardín de al lado y la pareja del piso de abajo se lanza de inmediato a una inclemente interacción. Un debate frenético, casi diario, que se prolonga a lo largo del día con la inestimable colaboración de ocasionales transeúntes.

Mundo Arcade
Ya en la calle, con el machete entre los dientes y el café atravesado en el estómago luego de dos horas de ladridos, te mueves con dificultad por un firme sembrado de bombas que te impiden elevar la mirada y disfrutar de la herencia artística que legó Roma a la posteridad. Disueltas cuando llueve, petrificadas hoy que arrecia el calor, mierdas y mierdas de todos los colores, tamaños y texturas y gente de mierda con perros de mierda inundan las degradadas aceras de una ciudad convertida en una mierda inmensa y proverbial. A buen seguro, como en tantas otras.

Tierno amigo
Mientras caminas por vía Garibaldi, te acuerdas de aquel niño que en las tardes lluviosas de Isla Calavera se pasaba las horas muertas detenido en la acepción "perro" de la Enciclopedia de Ciencias Naturales de Bruguera y no te reconoces. ¿Qué fue de aquel experto en mastines, alanos, retrievers, bodegueros y podencos? ¿Qué queda de aquella alelada pareja adolescente de enamorados con perrito? Casi seguro, nada. Y ademas, qué te importa. Acabas de pisar una mierda con tus Camper relucientes y no aciertas a hacer otra cosa que caminar en círculos maldiciendo a quienes tuvieron la ocurrencia, hace miles de años, de convertir lobos salvajes en vigilantes y pastores, propiciando la deriva genética de la que surgen las 450 razas modernas de perros, hoy relegadas a la estúpida condición de mascotas.

Un recuerdo indeleble de tu mejor amigo
Eficaces en el combate contra la soledad y la depresión, hábiles en la detección de múltiples sustancias y capaces de identificar más de 150 palabras, de encararse al mismísimo Bin Laden o de ganar un oscarde los perros se ha dicho que son un espejo en el que mirarse: listos, valientes, generosos y nobles. Y no son pocos los que los sitúan a la altura del hombre en la cadena evolutiva o incluso, como Pérez Reverte, por encima. Sin embargo, vistas las cifras de abandono y maltrato, no parecen minoría quienes detestan a estos polifacéticos cuadrúpedos que infectan de excrementos nuestras ciudades, degradándolas hasta lo inadmisible, y nos transforman con sus ladridos en virtuales asesinos sin salir de casa. Por si esto fuera poco, los perros son portadores de parásitos y enfermedades y no están exentos de un psicología compleja: son celosos, pesimistas, envidiosos y, lo que es peor, potencialmente agresivos. Los datos son tozudos al respecto: en Estados Unidos, por ejemplo, donde nacen 2.000 perros cada hora, 4,7 millones de personas son anualmente víctimas de sus mordiscos. De ellos, la mayoría son niños, y de estos, la mitad son mordidos en la cara. Concretamente, entre 1979 y 1996 se produjeron 183 ataques mortales. De manera que no parece que el perro sea precisamente el mejor amigo del hombre en Mondo Cane.

En fin, te limpias las botas como puedes y enfilas hacia al parque de Villa Pamphilj a tratar de aplacar tu deseo de venganza, pero no haces sino empeorar las cosas: encontrar en la yerba un espacio para extender la toalla libre de los innumerables zurullos escondidos es un ejercicio enervante. Y cuando finalmente te tumbas, muerto de asco, el horizonte es desolador: decenas de chuchos sueltos babeando, meando y cagando por todas partes, mientras sus propietarios departen relajados echando un cigarrito, y tú tratando de controlar el deseo de degollar a un cocker de mierda empeñado en mearte la mochila. Las multas, los cursillos, las bolsitas de plástico, las escasas y vomitivas zonas para perros, la creación de un banco de ADN canino... no son más que memeces, fuegos artificiales que no se toman en serio ni las autoridades. De hecho, hasta los 54.000 perros raptados en Italia y vendidos en el norte de Europa cada año te resultan claramente insuficientes.

Campo o barranco
Sabiduría china
Echado en la toalla, boca arriba, bajo el sol devastador de junio, proyectas desde la rabia un mundo en guerra sin otro fin que la total aniquilación de Mondo Cane. Mientras miras al cielo, las imágenes se suceden en tu cráneo recalentado llevadas por la necesidad de encontrar esperanza por alguna parte. Eficientes policías apaleando a ciudadanos por negarse a recoger las cacas de sus alimañas aduciendo que "solo había(n) orinado". Probos ministerios de Sanidad, sordos a las absurdas alegaciones de los amos, repartiendo salchichón envenenado por calles y patios vecinales. Gobiernos que defienden el exterminio masivo de perros callejeros como parte esencial de su programa de limpieza urbana. Héroes anónimos que siembran de cebos con raticida parques y viviendas con jardín en Roma o Zaragoza.

Cuestión de igualdad
Cuando, al caer la tarde, vuelves a  casa, no menos furioso que cuando te fuiste, los perros de la vecina te reciben como te despidieron: ladrando desde el balcón como posesos -especialmente el beagle, al que con gusto asfixiarías con tus propias manos-. En tu desesperación, ya no sabes si rociarles ácido sulfúrico o ponerte a llorar, y te preguntas, rendido a la propia impotencia, si no habrá forma legal de proceder a la ablación de las cuerdas vocales de esos hijos de puta o de encarcelar a la maldita foca de la dueña, habida cuenta de que hay precedentes. Mejor aún: ¿por qué no comérnoslos como en China, Filipinas, Suiza o Alemania? Pregunten en Corea del Sur: un plato exquisito. 

Pese a todo, por inesperado que pudiera parecer -a ti el primero-, horas después, cuando ya todos duermen, te sientas frente al ordenador con un cerveza fría en la mano y empiezas poco a poco a asustarte de tus propios pensamientos. Ahora, en el silencio de la noche, las cosas te parecen más sencillas y te dices que no, que no, que tú no eres capaz de torturar a un perro hasta la muerte o de enterrarlo vivo sólo por estar estresado. Convencido de ello, respiras entonces aliviado y, camino de la cama, crees haber encontrado una solución al problema en clave salomónica: mientras esperas la llegada del glorioso día en que los perros son desterrados de las ciudades, te conformarás con comprarte tapones de silicona y zapatos de suela lisa y, eso sí, con poder mear y cagar y escupir libremente por las calles tú también... Aunque... ¡Joder, mierda, otra vez! ¡Me cago en San Roque! ¡No va a haber más remedio que cortarles el cuello a esos putos cabrones!


N. B.  Dylan es el único perro del mundo al que estoy dispuesto a aguantar.

 

02 abril 2012

Henry, retrato de un gilipollas


España, 30 de marzo de 2012. Los ministros Sáenz de Santamaría, Montoro y Soria comparecen cariacontecidos en rueda de prensa para explicar los Presupuestos Generales del Estado, el mayor mazazo a las economías familiares que se recuerda. Frente a la tele, Genaro Risueño, Henry para los amigos, da cuenta de su tercera lata de Cruzcampo despatarrado en el sofá.

Desde el principio, los tres ministros coinciden en mostrarse, cada cual a su modo, como gente magnífica: profesionalmente capaces, sensibles pero seguros ante la desgracia ajena, y siempre mejores que cualesquiera otros. La ministra Soraya empieza acojonando a la nación (Estamos en una situación límite) y Montoro amenaza con durísimos ajustes. A su pesar, y siempre en el empeño de servir a España, tendrán que reducir el presupuesto de los ministerios (17%), aunque, no cunda el pánico, no subirán el IVA, congelarán pe-ro-no-re-du-ci-rán el sueldo de los funcionarios, actualizarán las pensiones más bajas, agilizarán las ayudas a Lorca e invertirán partidas de dinero en bancos de alimentos para los más necesitados. ¡Santa Madre del Amor Hermoso! -brama Henry desde su asiento-, ¡Vuelve la caridad cristiana!

Soraya, pinipón de acero
A continuación, la ministra, con gesto pesaroso, previene a sus paisanos de que no todo va a ser buenas noticias. Por desgracia, se han visto tran-si-to-ria-men-te obligados a recortar, entre otros muchos ámbitos, en políticas de empleo, en cooperación, en inmigración (de 67 mills. a 0), en desarrollo rural (200>28), en energías renovables (80>10 en vehículos eléctricos), en educación, cultura y deportes (830 mills. menos), en acceso a la vivienda (322 menos) y hasta habrá copago judicial en 2ª instancia. Ser rico o pobre no será lo mismo ante la ley, sin embargo, vuelve a insistir, son medidas co-yun-tu-ra-les. Soraya, pinipón de acero, se lleva entonces la mano al pecho y, recordando que la gravedad de la situación hace buena cualquier medida que se tome, suelta la enésima: no habrá paz para los dependientes. De 28 mills. de euros se pasará a 0. Adiós, Ley de Dependencia.

Montoro, tinkigüinki letal
Henry se vuelve a mirar a sus padres, sentados dando cabezadas en sendos butacones a izquierda y a derecha, y se siente un perfecto e invisible gilipollas. Y no es tonto. Después de tantos días muertos delante de la tele, ha aprendido a interpretar la neolengua de "estos sinvergüenzas". Piensa en los sueldos que ganan, en su política de enchufes, en los 10 mills. anuales del presidente de Telefónica o en los 88.000 inyectados a la banca. Se entremezclan ideas y sentimientos. No le parece justo que no recorten a la jodida Iglesia ni un maldito euro (solo en profesores de religión ya se van 109 mills.) y le pone de los nervios que propugnen una amnistía fiscal para delincuentes de guante blanco precisamente quienes se habían opuesto hasta ahora a ello. Urdangarín, al que tanto detesta, debe de estar en alguna parte celebrándolo. ¿De qué puede extrañarse? ¿No son los mismos que han puesto como número 2 de la Oficina Antifraude a alguien que venía de dimitir por la estafa de Gestcartera?

Soria, momia guanche
Con cada vez más cara de tonto, observa Genaro de nuevo a sus viejos, con más de 80 años y una pensión de mierda después de trabajar toda la vida, convencido de que lo que están diciendo por la tele "esos pendejos" los hundirá aún más en su negro agujero. Los imagina en el supermercado, renqueantes, moviéndose torpemente con el carrito sin poder comprar casi de nada, salvo lo básico, y solo si es barato. Con un ataque de cuernos considerable, escucha ahora a Soria, la momia guanche: a los hachazos en sanidad y servicios sociales, se va a sumar la subida del gas (5%) y la electricidad (7%).

Por un momento, cuando ya la rueda de prensa ha terminado, Henry se ve degollando a sus viejos para librarlos de su injusta existencia, y teniendo que matarse él por haberlos matado. Luego, sin saber muy bien cómo, termina acordándose de Santos Trinidad, envuelto en sangre y hasta el culo de alcohol. ¡Qué coño! Lo mejor será cortarles el cuello a estos malvados. Que no jodan nunca a nadie más. Al poco, tras tres horas tumbado, se levanta por fin y se va a la cocina pensando en cómo hacerlo. Cuando regresa, bastante más relajado, con la cuarta Cruzcampo, vuelve a tirarse en el sofá y pulsa el 5 en el mando a distancia. Total, si no lo hace él, siempre habrá alguno. A fin de cuentas, esto no ha hecho más que empezar.

14 febrero 2012

Otra vez una vez más


El ruido, ensordecedor y persistente, no vaticina nada bueno. Tampoco la fuerte vibración que viene desde abajo y me estruja el estómago. La gente finge que no pasa nada -uno delante hace que duerme, detrás dos charlan en tono distendido y el de al lado oye jazz percutiendo los dedos en un intento de hacerme creer que lo está disfrutando-, pero nos desplazamos, a gran velocidad, dando botes, en una oscuridad crepuscular. De pronto, nos paramos, el motor se acelera y la vibración se hace insoportable. Tengo la sensación de estar dentro de un toro que, plantado frente al cielo, lo mira retador. Intento perderme en el bosque de números naturales de un sudoku, pero no lo consigo. Y permanezco así, permanecemos, casi un cuarto de hora, mientras noto mis tripas crujir y disolverse.

Reestudio la cara de la gente -ya lo había hecho en la sala de espera- y hago dos grupos: inmortales triunfadores y vergonzantes miserables a punto de morir. Después de todo, morir da muchísima vergüenza: ¿por qué has de ser tú, y no los otros, el bobo que desaparezca? Llega de atrás el llanto de un bebé y lo imagino muerto antes de llegar a pronunciar su primera palabra. Súbitamente, empezamos a movernos de nuevo. Rugen los motores. Avanzamos. A trompicones. Cada vez más deprisa. Veo tornillos que se desenroscan, cristales que revientan, alas que se quiebran, gente, definitivamente, con cara de cadáver mirándome. Una chica observa por encima de sus tetas enormes cómo clavo los dedos en el apoyabrazos y trato de mantener la compostura, pero el puto aparato no acaba de elevarse y sigue acelerando, indefinidamente, a gran velocidad. El corazón me late desbocado y me cobijo otra vez en el sudoku. Escribo un 9. Correcto. Ya hemos despegado. Nos elevamos. Cierro los ojos. Pero siento que el avión parece descender, y que se eleva, y que vuelve a bajar, y los tengo que abrir. Ya se ven allá abajo las luces de la ciudad, pero no soy capaz de mirar. Un alien como el que siento royéndome la tráquea podría estar ahí fuera destrozando a mordiscos el frágil fuselaje. Qué hostias hago yo aquí. No soy un pájaro. No soy Lindbergh, no soy Amelia Earhart, ni da Vinci. No tengo sus malditos intereses. Crecí en el suelo. Uso los pies. Y acepto de buen grado que la gravedad deje caer sobre mí todo su peso de mierda. Pero no escarmiento.

Alcanzamos por fin la horizontalidad y la gente, ajena a la experiencia suicida en que se encuentra, se muestra relajada. Los motores, ahora más sedados, crean una falsa sensación de seguridad. Se me taponan los oídos. Una niña corre por el pasillo desequilibrando el avión y me entran ganas de darle una hostia, pero me contengo. Por los altavoces, la tripulación se presenta y dice que pasará a continuación con el carrito de la bebida y la comida. Me tranquiliza que sea de Madrid, porque eso lo mismo ayuda en el aterrizaje. Medio narcotizado, enciendo ahora la Nintendo para evadirme del funesto escenario.

Tras la tercera Heineken, tengo ya un punto y echo mano de N-Plants, el disco que Biosphere, inspirado en centrales nucleares japonesas, publicó premonitoriamente un mes antes del desastre de Fukushima. Mientras oigo Genkai-1, tengo la impresión de que no nos movemos. Ni una jodida turbulencia. Intento imaginarme en el salón de casa, pero, salvo por la cantinela del altavoz, que quiere vendernos algo, no estaría allí más tranquilo. Parece que flotamos. Sin embargo, no me dejo engañar, porque morir puede no ser más que eso. Flotar. Tu alma flotando en una gélida y aséptica central nuclear, ajena a los isótopos, mientras suenan con dulce cadencia interruptores, turbinas, mecanismos, clicks… y tú te apagas. Cierro los ojos y veo a mi primo en un bar diciendo cuánto detestaba yo volar. ¡Joder, al final se mató en un avión! El tío de algún modo lo intuía -le responden-, ¡qué increíble! Y yo me avergüenzo oyéndoles, porque, ya lo he dicho, lo peor de morirse es la vergüenza.

Suena ahora Ôi-1 y su cadencia marcial marca el rumbo a esa muerte probable tanto tiempo anunciada. Iniciamos el descenso. Extraños ruidos bajo mis pies me impulsan a hundirme de nuevo en el sudoku. El aparato se ladea, tal vez demasiado, y veo cesio extenderse pesadamente por el suelo, de un lado para otro, mezclándose con el estroncio acumulado por los recovecos de este sarcófago volante. Imagino una cuarta Heineken. Luego un ron. Me obligo a no pensar. Pero el avión bota y rebota. Por favor, abróchense los cinturones y enderecen los asientos. Estamos atravesando turbulencias. Taquicárdico, busco desesperadamente algún signo luctuoso en la cara de las azafatas, pero estarán también fingiendo, porque se ven tranquilas.

La fanfarria nuclear de Biosphere y el ruido de los motores conforman un mundo desasosegante mientras nos precipitamos bruscamente a la izquierda. Pongo de urgencia a Sidonie (Vamos por el bosque, el día muere hermoso y joven), pero no cambia nada. Por un instante, miro de reojo por la ventana y veo Madrid debajo. Se oye un chirrido prolongado, probablemente de los alerones tratando de desplegarse sin lograrlo, y empiezo a despedirme de muchos conocidos. Mientras me esfuerzo en imaginar sus caras con detalle, el capitan dice algo por los altavoces que la música no me permite entender. Se oye otro ruido inquietante. Como si el tren de aterrizaje tampoco pudiera liberarse. Debemos de estar cerca del suelo. Me duele la espalda, el pelo, las uñas. De pronto, incomprensiblemente, el avión se queda parado en mitad del cielo. Perplejo, me vuelvo a la ventanilla y veo Madrid acercarse a gran velocidad. Debería creer en dios ahora. El ruido es ensordecedor. La tetuda me mira. La gente disimula. Como en una tragedia griega, estamos a punto de pagar por el pecado de la ὕβρις.

Cuando por fin tocamos tierra, muchos aplauden mientras yo floto en un limbo indescriptible. He vuelto a salvar el pellejo. Otra vez. Probablemente, la última.


27 enero 2011

Taxi driver

Es muy de mañana y avanzo penosamente rompiendo la sucia niebla de la A-2 con una señora gorda que habla sin parar en el asiento trasero. Yo no la escucho. Ando medio catatónico desde que fui el domingo con mi familia al cine. Total: más de 60 euros. Un exceso suicida para quien jamás llegaría a final de mes de no ser por las ofertas de productos mierdosos de los supermercados.
Espoleado por el recuerdo de los libros de texto aún sin pagar desde septiembre, aprieto el volante mientras me lanzo en un viaje interior tratando de convencerme de que lo mejor es que mis hijos no estudien. De qué me ha servido a mí ser uno de los pocos taxistas de Madrid en conocer a Popper, Wittgenstein o Bertalanffy. A fin de cuentas, me voy diciendo mientras la señora sigue hablando, la vida es lo mismo de siempre: una cruzada imposible de agradecidos frente a miserables. Los 250.000€ anuales de Teddy Bautista. Los doblesueldos de Aznar y del compañero Isidoro. Mi cuñado en el paro. La cara de jesuita de Montilla y la gorda de atrás en bañador. Las imágenes se agolpan en mi cabeza mientras los primeros rayos de sol me van deslumbrando por momentos.
Ya cerca del aeropuerto, cuando los tertulianos de la SER comentan el matrimonio de conveniencia al que ha llegado el gobierno con los fachas por el control de las descargas en la red, noto retortijones en la tripa. El calor excesivo de la calefacción y una subrepticia pero perceptible ventosidad de la señora, que sigue a lo suyo, me hacen bajar la ventanilla para tomar aire y creo ver gente peleando fuera y banderas al viento. Brazos, cabezas, palos y barras de hierro emergen y desaparecen deprisa entre la niebla. Podría subir la hora de taxi a 50€ o meter un suplemento de 100 cada vez que fuera al aeropuerto. Mi mujer iría por Madrid con un Smart y mis hijos tendrían juegos originales en la Wii. Y se acabó ese colegio de castrados intelectuales al que van. Andaríamos de restaurantes todo el rato y hasta podríamos construirnos un chalé por la carretera de Burgos. Hacerme con toda la música que grabó Miles Davis para Columbia no sería un imposible, y me metería buena coca y alcohol mientras la escucho. Probablemente, ahorraríamos incluso un buen dinero que podríamos colocar en algún paraíso fiscal.
Al llegar a Barajas, la niebla ya se ha disipado y la señora se ha callado por fin. Cuando se va, observo su culo de morsa recortado contra el cielo azul de un día espléndido que va sustituyendo poco a poco la guerra de guerrillas que se libra en mi cabeza. No creo yo que los taxistas vayamos a hacer nada por cambiar las cosas. Tendríamos que organizarnos, y no creo. Seguiremos, pues, como hasta ahora: otro colectivo miserable más roto en sus unidades. Como tantos.
Mientras vuelvo a Madrid, empiezo otra vez a ver la niebla y voy diciéndole a la ministra que es una perfecta hijadeputa y que seguiré descargando mientras pueda.

01 marzo 2010

Tras las huellas de Isla Calavera

Cuando llega, casi siempre atraído por sus playas, su persistente sol y su clima templado, el turista no suele mostrar el más mínimo interés por los pliegues de la memoria anfibia de Isla Calavera -Paul Bowles decía que el turista no es un viajero, sino un idiota de viaje-. Pero Isla Calavera tuvo un pasado y, si algún visitante muestra interés por él -pienso en los romanos recién llegados a la Turdetania preguntando por el pueblo tartesio-, lo que aflora son las conjeturas, la mitología autocomplaciente y la extrema incultura del nativo poniéndose estupendo ante un tiempo primigenio del que apenas tiene nociones y que, en cualquier caso, es incapaz de valorar.

Hubo, pues, aunque sólo perviva en escorzo en algunas cabezas, una edad de la inocencia que hoy queda muy al margen de las guías turísticas. Un tiempo de espacios abiertos y lagunas vivas, de casas encaladas y patios vecinales, y de seres que, junto con el hombre, atestaban la tierra y la marisma cuando el mar escupía peces inmensos. Un tiempo de niños que recorrían las calles y las huertas cavando agujeros buscando agua potable, y de viejos que lijaban en silencio las puntas de sus anzuelos oxidados.


Tiempo de soles despeñados del atardecer hacia poniente hoy rotos por macrohoteles que esperan a ser devastados por las bombas que ponga algún valiente mientras suenan Los Pixies en sus cascos (In sleepy west of the woody east, is a valley full, full of pioneer…). Eléctricos ocasos, contra los que se recortaba la figura encorvada de mi tío a la caza de pulpos y de sepias, mermados hoy hasta la aniquilación por la fuerza imperativa del hormigón y la chorrada. Frágil asiento de líquenes y sueños convertido en sucias avenidas atestadas de coches y cagadas de perro. Ritmo y cadencia de ecos ancestrales apagados por los rugientes coches tuneados de los canis y la insufrible cantinela que escupen los altavoces que el think-tank del ayuntamiento ha tenido a bien repartir por toda la ciudad.
 
Isla Cristina no aparece, pues, en ningún sitio. Ni siquiera en la Breve guía de lugares imaginarios de Manguel y Guadalupi. Pero está ahí, por todas partes, como epítome de tantos lugares masacrados por ayuntamientos de bajo perfil que han hecho de la idea del progreso continuo un velo para la mediocridad y un disfraz para los oscuros intereses. Ruina sepultada, en definitiva, bajo toneladas de fango y estupidez humana, el viajero tendrá que saber buscarla, porque Isla Crristina fue real como la vida misma. Yo la encontré en la mirada limpia, ajena al futuro incierto de su tiempo, de los niños de la foto. Una vieja foto que encontré en un mercadillo en cuyo envés aparecía escrito A mis abuelitos con todo el cariño de sus nietecitos, I.C. 1965. Aquí dejo constancia de ese dato.


10 febrero 2010

A peor (in honorem Vic Chesnutt)

Acabo de regresar. He vuelto. Más de 7 semanas de vacaciones navideñas en mi huida. Escondido en una fría madriguera castellana, a 20 pulsaciones del letargo y a 30 de la muerte, entre alcohol, videojuegos, música y ágapes, toqué con los dedos un suicidio simbólico. El mundo se me había subido a la espalda como una pesada losa cuando el 2009 ya hacía caja. Pero he sobrevivido. A medida que la distancia fue pintándome una realidad menos arisca, el deseo de volver fue haciéndose más persistente. Y aquí estoy. Puede que para regocijo de mis muchísimos lectores, aunque no para el mío, porque es obvio que todo fue puro espejismo, pésima previsión frente al oscuro panorama que ahora encuentro.

Antes de irme, el desplome económico todavía mostraba signos de esperanza en la aldea global -quién oía a los expertos que avisaban de que lo mejor estaba por venir-. Hoy, se abre a nuestro paso un abismo insondable y la caída en picado del Ibex 35 me mantiene en un estado prolongado de vigilia -nadie pregunte por qué-. Donde entonces teníamos a Solbes capitaneando la debacle financiera y a su presidente hecho un Dan Defensor, ciego pero contento, de las causas sociales, tenemos ahora a la pija Salgado y a ZP queriéndonos joder con recortes al derecho de jubilación, al tiempo que leemos que el presidente del BBVA ha recibido ¡¡¡80 millones!!! de euros de pensión tras haber cumplido ¡¡¡65 años!!! Vamos, que me fui viendo a los socialistas cagarse en el socialismo y, a día de hoy, me los encuentro haciendo sus necesidades sobre el obrero mismo.

Como en Eternal sunshine of the spotless mind, 7 semanas y dinero me costó borrar un arsenal de imágenes sangrantes. Sin embargo, si difícil había sido olvidar a ZP, por poner al azar un ejemplo del deporte, babeando ante Nadal tras la victoria en la Copa Davis a la vez que ninguneaba a los demás miembros del equipo -y a quienes consiguió cabrear-, más lo es ahora, en medio de esta crisis, ver a Florentino Pérez prometer un millón de euros a su equipo por ganar la Champions y la Liga o comprobar lo que ganan ciertos deportistas (Gasol se habrá embolsado, ingresos publicitarios aparte, ¡¡¡30.000 millones!!! de pesetas en 2.014 sólo por tratar de meter una pelota en un aro; y lo mismo puede decirse de Cristiano Ronaldo, quien, sólo por colocar de vez en cuando un balón un centímetro más allá de un travesaño, gana ¡¡¡1.500 €!!! la hora los 365 días de 24 horas del año).

Incluso el mundo virtual me impelía a poner tierra de por medio. Empezaba a estar hasta el nardo de tanto bloguero empajillao acribillándome sin protección con sus listas de lo mejor del año. Sin embargo, ahora, curiosamente, aparte de con la estúpida lista de Rockdelux, me topo con un progresivo despoblamiento de la blogosfera que corre paralelo a una palpable y constante migración a Facebook por parte de millones de personas dispuestas, no digo yo que todas, a soltar zafiedades, perogrulladas, incongruencias e intimidades sin ruborizarse lo más mínimo.

En cualquier caso, para ser sincero -yo también soy un pajillero exhibicionista-, lo que a mí me empujó en mi huida fue un profundo y reciente desamor, o, más exactamente, una ruptura. Lily Allen, más bonita que ninguna, me había abandonado cuando más la quería, en ese inerme momento en que el amor más que amor es narcolepsis. Yo no me enteraba de nada, pero en su horizonte sólo aparecía, clara, una máxima: o soy una star o no soy nada. Y, amarga casualidad, se había lanzado a una campaña feroz contra los piratas -yo incluido-, y a continuación, de cabreo, había decidido dejar la música. De modo que así y ahí me quedé yo, más solo que la una, a primeros de octubre. Hoy, cuando vuelvo, sin haberla olvidado, su imagen, gorda y desmejorada, luciendo una terrible celulitis, me resulta impactante. En fin... que no sé si alegrarme, la verdad.

Sin embargo, a toda esta verbena tragicómica pone la guinda, cuando me entero con mes y medio de retraso, la muerte de Vic Chesnutt. Tetrapléjico experimentado y entrañable batallador por la legalización de la maría, Chesnutt abandona este mundo como músico inmenso el día de Navidad dejándome con un nudo en la garganta. Se mueren, pues, las personas y se quedan los perros con sus huesos en este puto mundo en el que parecen justificarse, cada vez más, el individualismo, la sinrazón, el radicalismo y la apatía.

Hasta el año que viene... O hasta nunca.




01 septiembre 2009

Maiquel Yanso Foreva


Fatima, aquella señora de mediana inteligencia que me decía señorito y tan bien me cuidó el montón de años que viví en Marruecos, lo llamaba Maiquel Yanso (y que nadie se sorprenda, porque a Jesucristo lo llamaba Josecristo). Negra fantasiosa y estupenda cocinera, se las tuvo que ver muchísimas veces con Off the wall (1979), Thriller (1982) y hasta con el no suficientemente valorado Bad (1987), mientras yo andaba colocado tontamente toda la santa mañana a la espera de su kuskus, su pollo con limón o su tajine de chanquetes con tomate. Y sabía muy bien de qué hablaba y a quién se refería, doy aquí fe, aquella empedernida fumadora del peor tabaco negro. Que su dios la tenga en su gloria.

Me acuerdo especialmente de ella ahora, cuando tanto se habla, a todas horas, de Maiquel Yacson. Y es que yo no me entero de a quién carajo se refieren los millones de alienados ignorantes del planeta que lo mientan. No sé si se refieren a aquel negro que nos hacía sudar en los primerísimos 80 en la dancefloor de cualquier discoteca o a aquel otro infeliz desvencijado y a pedazos en su fuero interno que miraba la piel y la lenteja del Hollywood acabado y plano de su tiempo. ¿Estamos hablando del Camarón de Indiana, aquel mushasho que nos ponía a alucinar, Quincy Jones mediante, en coches inundados de humo de cannabis mientras mirábamos, bizcos, el ocaso desde Isla Calavera, o es ese cadáver hiperrefrigerado y recurrente de los telediarios que ha sobrevivido a este verano tórrido y al que no se termina de enterrar de una puta vez el que suscita tanto comentario? ¿De quién hablamos? ¿Se está pensando en aquel atleta del ritmo y la cadencia, excepcional cantante y alucinante bailarín, que murió a mediados de los 80 o en ese otro lamentable y mediático artista ACOP (adult & children oriented pop) devorado fatalmente por los calmantes, los apaños y los traumas y, a la postre, emparentado con los faraones?

En fin, me da igual. Cada cual a su pedo. De sobras sé yo quién es Maiquel Yanso.


18 abril 2009

Habana blues again

Belkís salió de La Habana camino de Miami pero acabó en España. Quién sabe si era eso lo que quería, pero, a fecha de hoy, esta negra se gana la vida enseñando el coño por 4 euros mientras un par de hijos de puta, un catalino de Santa Coloma y un marroquí de Oujda, la van grabando. No le agrada la idea de que cualquiera pueda verla masturbándose en la web que esos dos tarados han abierto a ver si salen de pobres. Pero así son las cosas. Y no hay más. Cuando llama a su madre a fin de mes, le dice que trabaja de secretaria para un dentista.

Sería bueno que Obama, santo padre, lo supiera.


17 marzo 2009

En el hammam

Hafida no tiene muchas amigas. Es desconfiada, egoísta, cizañera. Cuando el viernes se acerca al hammam, no habla casi con nadie, pero su mirada, que lo atraviesa todo y parece capaz de cualquier cosa, sobrevuela por encima de la grasa y el óxido. Parece muy segura de sí misma y no estar para gilipolleces. Así que no va a meterse en el agua con un kaftán como tantas otras. Hafida, eso sí, tiene un buen par de tetas.