18 noviembre 2010

Attenborough sobre la superpoblación

En estos momentos, la población mundial es tres veces superior a la que había cuando yo empecé a trabajar. Y esa gente quiere un trabajo, una casa, comida, tiene unas necesidades que cubrir. Dentro de diez años, la situación será todavía peor. Hay que hacer algo ya. Nuestros nietos nos lo agradecerán. En mi opinión, el crecimiento descontrolado de la población es uno de los principales problemas que sufre el planeta. El exceso de población pone en riesgo la diversidad.

Lo dice en Público el naturalista David Attenborough -un tipo que me cae especialmente bien desde que vi su magnífico Trials of life (1990)- y es lo que yo siempre he pensado. Sólo que no creo que la superpoblación sea uno de los principales problemas que sufre el planeta, sino el principal y origen de casi todos ellos. Convendría que tuvieran más en cuenta este simplista planteamiento nuestros nefastos políticos, que o no lo afrontan como debieran o sencillamente lo ignoran, haciendo que la tarea de concienciación de Attenborough y de tantos otros resulte baldía. El asunto, aunque extensamente estudiado, no parece entrar en agendas en las que la población aparece conformada no por seres humanos, sino por consumidores, auténtico motor de un mundo capitalista siempre en camino de una degradación cada vez más asfixiante.

En fin, Sir David está hoy en Santiago de Compostela para recibir el premio Fonseca 2010 de divulgación científica. ¡Que lo disfrute! Se lo merece.

09 noviembre 2010

La cuestión saharaui: a quién le importa

¿Qué es lo que pasa hoy con Marruecos, que no pasara ayer, para que anden todos los periodistas en clave tribulete-en-las-trincheras dando muestras de su gran sensibilidad y humana condición? Da risa verlos tan sobrecogidos y atareados con los recientes episodios del Sáhara, toda vez que Marruecos no ha cambiado nada, ni en el fondo ni en la forma, en los últimos 50 años.
Lo que hoy está ocurriendo en la Saghya l-Hamra era algo absolutamente esperable. En las últimas décadas, el apoyo de los estados a Marruecos ha sido persistente –especialmente constante el de Francia y España, y, por supuesto, el de Estados Unidos-, y Marruecos no se ha visto jamás forzado a modificar un ápice sus arbitrariedades ancestrales. Ni tan siquiera pasó nada cuando Driss Basri, ministro de Interior en los años de plomo, fue relegado de sus funciones por Mohammed VI –lo que supuso un hito en la creación de expectativas para el Maghreb l-Aqsa que rápidamente quedaron truncadas-. En lo que afecta particularmente a España, no es sólo que se haya apoyado a Marruecos a pesar de su rechazo al plan Baker en sus diferentes versiones, sino que se le ha armado hasta los dientes, lo mismo con el PP que con el PSOE. Este mismo año, España ha sido denunciada por diferentes organizaciones por la venta de armas. Las justificaciones esgrimidas por el gobierno, por boca de Silvia Iranzo, secretaria de estado de Comercio, se movieron entre el cinismo y la banalidad intencionada.
No se trata, en cualquier caso, de información secreta. Basta con escribir en el buscador de Google “venta de armas Marruecos” y sin salir de los primeros 10 resultados ya tendremos datos suficientes para tener una idea ajustada de lo que estamos hablando.
Por otra parte, hay otra perspectiva que no conviene desdeñar. Los gobiernos de Hassan II y, después, de su hijo han descontado durante decenios un significativo porcentaje del sueldo mensual de sus funcionarios para defender la marroquinidad del Sahara -al tiempo que se maquillan con tintes patrióticos el empobrecimiento generalizado de la gente y la desaparición de las clases medias-. En otras palabras: los marroquíes han pagado la integridad territorial con su dinero en cómodas (o no) cuotas mensuales. ¿A ver quién les dice ahora que el Sáhara no es suyo sin que haya un levantamiento popular?
Así las cosas, no es a Marruecos a quien en primera instancia habría que condenar, sino a una prensa mamarracha, la nuestra, a la que le impresionan unos cuantos cadáveres pero que no denuncia con el mismo énfasis los pasos que llevan a la masacre, y a un gobierno mezquino, el nuestro, que se convierte en cómplice de la reiterada violación de los derechos humanos a cambio de unos ilusorios acuerdos pesqueros, el beneficio de unas pocas empresas y poco más. Sigamos, pues, con nuestros alonsos y gasoles, nuestros messis, charlemos sobre el Papa, ocupémonos del lenguaje sexista, de la y griega y de la posible desaparición de Zapatero (el apellido), pero no nos obliguen a emplearnos en temas que, por manidos, nos amargan el día porque ponen de manifiesto nuestras propias miserias y nuestra proverbial hipocresía.

07 noviembre 2010

Santiago Sierra a González-Sinde

Santiago Sierra me acaba de dar una grandísima alegría. El artista madrileño ha rechazado el Premio Nacional de Artes Plásticas de este año a través de una carta dirigida a Ángeles González-Sinde. Verdaderamente nos llena de satisfacción, dada la profunda aversión que sentimos hacia la ministra de cultura en tanto que tal, alguien que no es sino una infiltrada del mundo del cine manejando partidas presupuestarias, juez y parte interesada como demuestran los muchos millones de euros que ella misma ha recibido en su etapa preministerial [véase la contundente entrada que dejó Enrique Dans en su blog el pasado lunes, 1 de noviembre: Cine español: fraude y corrupción].He aquí la carta de Santiago Sierra:
Madrid, Brumaire 2010

Estimada señora González-Sinde,

Agradezco mucho a los profesionales del arte que me recordasen y evaluasen en el modo en que lo han hecho. No obstante, y según mi opinión, los premios se conceden a quien ha realizado un servicio, como por ejemplo a un empleado del mes.
Es mi deseo manifestar en este momento que el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio. Este premio instrumentaliza en beneficio del estado el prestigio del premiado. Un estado que pide a gritos legitimación ante un desacato sobre el mandato de trabajar por el bien común sin importar qué partido ocupe el puesto. Un estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.
El estado no somos todos. El estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio. No señores, No, Global Tour.

¡Salud y libertad!

Santiago Sierra

En su pagina web se puede ver una muestra de su trayectoria artística.

29 septiembre 2010

Mondo Cesare

Abres los ojos. Y no crees lo que ves. Y te restriegas los párpados hastiados en el alcohol y la vigilia de la noche anterior. Y los cierras de nuevo, para corroborar lo que se da por cierto a horas tan tempranas: estás soñando y no hay de qué preocuparse. Aprietas los ojos para aferrarte a un sueño, un chute de inspiración gratuito en una mañana preñada de sensaciones hiperlíricas sustitutivas.

Cuando los vuelves abrir, sabes que no pasa nada aunque estés en el cruce de Fratelli Bonnet (Raspberry Beret suena en mi cerebro alucinado). Piaggios, hondas, vespas, lambrettas y yamahas escupidas como en Mario Kart se abren paso entre autobuses desquiciados y coches locos que escupen con desprecio sobre pasos cebra absorbidos por el tiempo y la espaguetinidad en un septiembre húmedo y tórrido. Y piensas con sosiego en los seres queridos, porque en la jungla de asfalto romano que te circunda, en tu delirio matutino, nada es real, pero el roce metálico de la muerte está ahí, persiguiéndote, aunque sea mentira.

Frenas como un resorte cuando, al echarte a la derecha para esquivar a un motorino que te adelanta por la izquierda, te encuentras con una reata de motos que te sobrepasa como una exhalación por ese mismo lado hacia el que te apartas y no hay espacio para ti. Vas a morir en tu sueño de mierda y cierras otra vez los ojos y te dejas conducir por un pasillo donde ya empiezas a ver una luz blanca.

Tratas de sobreponerte a no sabes qué y elevas los parpados por un momento: estás parado ante un semáforo en Mondo Cesare. No sabes cuál es tu carril y los coches y las motos se apelotonan hasta no dejar ningún resquicio por el que respirar, pero no te importa, que les den por culo, tú estás viviendo un sueño. Te descubres repitiendo una y otra vez, sin saber por qué, misto restrallo, misto restrallo, misto restrallo. Es absurdo, porque en Isla Calavera, de niños, llamábamos misto restrallo a una china que se tiraba al suelo y soltaba chispas. Pero tú ahí, repitiendo una y otra vez misto restrallo, misto restrallo. Llegas a pensar que estás enloqueciendo, pero tú, a tu bola, pasas, porque cuando despiertes nada de esto estará sucediendo.

Cuando salta el verde, salen los coches y las motos en tropel, todos antes que tú, y tus retrovisores quedan mirando al este y al oeste, pero a ti no te importa. Sigues avanzando entre humos pesados y polveri sottili que no te afectan en tu naturaleza onírica y piensas que estás durmiendo con tu chica al lado y que son sólo cosas de tu alter-ego lo que ves. Si estuvieras despierto tratarías de comprender cómo el ayuntamiento no recoge mil cadáveres diarios de las avenidas, pero no te lo preguntas, es mejor disfrutar tratando de esquivar el autobús 115, que entra por la derecha como un demonio, y, cuando lo consigues, descubres que has llegado a la curva donde murió Cesare.

Imposible saber si el joven Cesare murió de un accidente circulatorio o cerebrovascular, como imposible es saber si fue como motorista o peatón, sin embargo, cuando dejas a tu derecha su foto, ya has llegado por fin al Trastevere, tu nuevo hogar, y tu chica te espera a punto de despertarse. Sería estupendo, tras tanta adrenalina segregada, echar un buen polvo matutino, pero, a estas alturas, ya no sabes si tu chica es una fantasía o si Cesare fue una aplastante realidad.